Mostrando las entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de julio de 2019

Gritos

Imagen de Niek Verlaan en Pixabay


Ante el estridente grito de Amanda, Róbinson tuvo que taparle la boca, mientras la joven mujer pretendía liberarse sus manos apenas mediante el tembloroso retorcimiento de su cuerpecillo asustado.

Él, en su extrema fuerza, implacablemente utilizada para someter a Amanda, pudo sentir en aquel grito la absoluta verdad de la muchacha, su confesión de terror, cual niña abandonada ante las mismísimas fronteras del olvido. Ella quería conocer lo que la vida le depararía después de ese día a sus escasos diecinueve años, pero ahora veía palpable la real posibilidad de ver frustrada su esperanza. Nunca sería una vieja sentada en su silla mecedora a la espera de su muerte, mientras sus nietos revoloteaban ruidosos a su alrededor, sin pensar ellos en aquella horrible imagen del fin propio. Ella, en cambio, añoraría ese fin, porque su vida ya habría cumplido sus expectativas y no habría nada más que esperar de ella o las habría frustrado repetida y dolorosamente y ahora, de repente, la existencia y sus constantes desengaños le había parecido demasiado larga.

Róbinson pudo sentir en las trémulas carnes de la recién mujer el pánico de ese momento, casi leyendo sus pensamientos, y aunque por su boca tapada Amanda no podía decir nada, él escuchó en su cabeza aquella idea que ella le trasmitía en ese momento de súbito poder telepático. Era la misma ya muy conocida frase: «¡Por favor, no me mates!».

Él entendió en seguida el mensaje, pero antes de decidir el futuro de la rea, una vez más inmortalizaría ese momento en su memoria. Ese… ese momento, que a pesar de haber sido momentos diferentes, que a pesar de haber sido mujeres diferentes cada vez, siempre parecía ser el mismo, y parecía el mismo porque, efectivamente, era el mismo todas las veces: ese momento en el que esas mujeres ya no podían hablar más, ese momento en el que temblaban de terror, ese momento en el que sus respiraciones suplicaban por ellas, ese en el que las lágrimas corrían libres por las mejillas y luego por las manos de él que tapaban fuertemente sus bocas, ese momento de la inútil refriega en la que las desprovistas mujeres luchaban contra la muy superior mole de Róbinson. Ahora ella, Amanda, una vez más iba a protagonizar ese momento para el deleite y la pena de él.

El olor de Amanda era ese vaho ligero y artificial propio de quien acaba de salir de la ducha, desprovisto de naturaleza y plagado de esencias siniestras y superficiales de grasas olorosas, perfumes extravagantes y jabones pretenciosos. Ese olor que Róbinson tanto adoraba, que lo excitaba y que lo convertía en aquel maldito animal que tanto odiaba ser. Ese, que mataba a mujeres indefensas cuando salían de la ducha sin haberse dado cuenta de la acechanza maligna de su mirada intrusa. Era uno olor lleno de gracia, de belleza, de artificialidad industrializada, de perfumes caros traídos de alguna exótica fábrica de galantería donde se experimentaba con grasas muertas y mezclas de extrañas y recias esencias de flores destrozadas, martirizadas y victimizadas, como las mujeres de Róbinson. Un olor ligero a alcohol ensalzaba, sin embargo, las potencias penetrantes de los aromas, que llegaban delicados a la nariz del asesino y de repente se convertían en esclavizadores de sus nervios, por lo que hacían sentir en su cerebro los gritos intensos y constantes de las flores muertas encerradas en los jabones. Era ese olor a rosas, jardín de cofradías secretas que ocultaba en sus aromas los deformes restos de los pétalos pulverizados de las flores. Ese olor que había quedado impregnado en la piel de Amanda y que ocultaba su verdadera esencia hedionda y viva, lejana a la fragancia floral y cercana más a la mujer sexual y llena de feromonas que luchaba por lograr la asepsia de estas esencias desagradables e inmanentes a su naturaleza puramente mortal. El olor del jabón penetró con fuerza los orificios nasales de Róbinson, quien los aspiró con profundo placer y sintió como llegaban hasta lo más hondo de sí, hasta el centro mismo de su espíritu destructor y acomplejado. En ellos se deleitó y por ellos quiso creer que ya no era ese verdugo maldito y odiado del que tanto se avergonzaba.

Ante un olor como ese, pensó: «¿Acaso no podría ser yo el hombre de esta mujer, ese que aspira sin culpa su olor maravilloso y al que ella deja tocar su piel limpia y relajada sin mostrar rechazo, miedo o asco, sino, al contrario, ante el que se muestra llena de amor, desesperado deseo y lujuria?». Pero en su mente retorcida, él sabía muy bien que no era ese hombre. El olor, si bien lo seducía, a la vez le recordaba que una mujer como Amanda, limpia y grácil, nunca podría ser para alguien como él.
Se sentía atrapado, además, por las otras fragancias que emanaban del cabello de Amanda, provenientes del champú, origen de deliciosos perfumes, esta vez frutales, que le recordaban los dulces sabores de la tierra convertida en vida. Esos manjares de delicias innúmeras que ahora las mujeres llevaban siempre en sus cabezas y sus pieles, esos olores que las hacían deseables, apetitosas y comestibles para los hombres que querían tener de ellas las manzanas, peras y mangos en sus bocas, disfrutando de los sabores pegajosos y azucarados de las tiernas frutas que ahora se convertían en hebras negras, largas y suaves pegadas a las cabezas de esas mujeres, como Amanda. Róbinson olió aquel cabello lentamente… profundamente. Extasiado en medio de esos ilusorios banquetes frutales, se imaginó acariciando la cabeza de la muchacha tiernamente mientras ella sonreía por su halago, mirándolo con ojos brillantes, llenos de deseos lujuriosos, a la vez que pronunciaba tiernas y fabulosas palabras. «Te amo», le decía.

Al decir aquello, Amanda cumplía el sueño atesorado secretamente por Róbinson de una mujer que, sumisa a sus portentos, le amase profundamente al someterse a su violencia inmanente.
En medio de un campo cítrico, lleno de naranjas, toronjas rosadas, mandarinas y limones, todas brindando sus ácidos y dulces jugos, Amanda le iba a conferir a aquel hombre el sabor tan deseado de aquellos deliciosos labios sobre su boca después de haberle confesado aquel amor. Pero entonces, percatándose del destello de locura en los ojos del amante, Amanda quedó salva a tiempo de caer en el salvaje abismo que era Róbinson, retirando su boca y su rostro luego de reflexionar. «¡Esto no puede ser!», dijo duramente. Confundido por el repentino cambio de actitud en Amanda, Róbinson sintió una punzada en su cerebro que le anunciaba, para su horror, que tendría que dejar salir al exterior otra vez al monstruo que tan laboriosamente mantenía a raya todo el tiempo, pero que a veces se le hacía incontenible, por lo que terminaba convertido en esa poderosa e impía fiera salvaje que tomaría a Amanda de un brazo fuertemente cuando ella no miraba y, en su desnudez absoluta, la apresaría contra su atlético cuerpo, ante el que ella no se podría defender, excepto por un grito insignificante que pudo ser fácilmente vencido por una enorme mano que tapaba su boca, apresándola por el pecho con aquel musculoso brazo, inmovilizándole a la vez ambas extremidades y con la otra mano reteniendo su cabeza contra la suya. De esta forma evitaba que Amanda, a través de las ventanas abiertas, lograse pedir a gritos ayuda a algún vecino.

Róbinson la sacó del baño y la llevó hasta el dormitorio contiguo, oscurecido por la falta de luz en esa noche maléfica en la que se dejaban escuchar de vez en cuando algunos truenos en el cielo que anunciaban la pronta llegada de una tempestad. Mientras que la trasladaba hacia el dormitorio, se dio cuenta de cuan menuda era Amanda, quien apenas tocaba el piso, mientras él sin ningún esfuerzo la elevaba.

—Es obvio —pensó— que esta muchacha ha añorado toda su vida a un hombre masculino, alto y fuerte como yo que la defienda de toda maldad y que no deje acercarse a ella ningún viso de posible dolor. Es como si fuera la última flor del mundo, que entonces merece estar en medio de un jardín protegido por un ejército. Yo… yo debería ser ese ejército.

Admirado por la pequeña figura con la que tan lúdicamente jugaba en sus manos, no pudo otra cosa sino imaginar la vocecilla dulce, delicada, aguda y femenina que delataba aún más la naturaleza precaria y necesitada de protección de Amanda, pronunciando esas palabras suplicantes y voluntarias que tanto adoraría escuchar: «ámame, protégeme, quiéreme, cuídame».
Pero se dio cuenta de que no sería capaz de oír nunca ninguna de esas palabras de voz de la muchacha si primero no liberaba su boca, por lo que dejó de presionar su rostro y deslizó sutil su mano hacia sus mejillas, con el pulgar sobre la derecha y los demás dedos a la izquierda, posando su palma apenas por debajo de la barbilla de la chica. Elevó su atención, cerró los ojos, como inspirado, oyó primero los quejidos de la joven y se dispuso a escuchar provenir de ella las tan añoradas palabras, que dijo con voz quebradiza, suave y asustada:

—¡Déjame ir, por favor! —La voz era trémula—. ¡No me hagas daño! ¡Te lo suplico!

Róbinson abrió los ojos de nuevo, pues ante aquellas inesperadas y siempre odiadas palabras recordó que no estaba en ese lugar soñado por él, sino en una oscura habitación a la que había entrado sigiloso, otra vez convertido en un asesino presto a matar a una mujer de la que esperaba palabras llenas de amor, dependencia y lujuria, pero de la que obtenía solo súplicas aterradas, naturales en una víctima sorprendida en su ducha por un salvaje animal machista, sádico y acomplejado.

Percibió el temblor aterrorizado en las descoordinadas y caóticas carnes de Amanda, quien confesaba así, con su cuerpo, el pavor que sentía, un pavor que se había apoderado tanto de ella que la poseía en su totalidad; solo podía pensar en su frustrado futuro.

Otra vez, como las mujeres anteriores, mediante ese silente temblor ella gritaba con desesperación lo que el terror no le permitía gritar realmente. «¿Qué se sentirá —se preguntó Róbinson, como siempre lo hacía— tener que ser manso ante un gigante como yo, ser amenazado, sometido el cuerpo, limitada y destruida la libertad, ser consciente de que una voluntad ajena ha decidido tomar tu endeble vida en sus manos y decidir qué hacer con tan preciado bien?». Y él mismo, como las otras veces, se imaginó de nuevo siendo como aquella mujer, sumiso y esclavo de una voluntad carcelera, la de un sorpresivo victimario. Y ese ser gigantesco y poderoso, cuya voluntad era semejante a la de una deidad, no mostraba destellos de piedad ni de amor. Róbinson se había convertido en esa mujer… otra vez era ese ser angustiado y reprimido que no tenía otra opción sino ser miserable, resignado y herido por la pétrea voluntad de un poderoso animal salvaje. Él mismo se vio como mojado por las lágrimas en medio de un infinito piélago de llanto desde cuyo fondo los gritos de mujeres desesperadas, como él mismo en ese momento, hacían vibrar el líquido, creando bucles y ondas con sus angustias y miserias, retorciendo aquella superficie.

Pero esos gritos no eran nada junto a los silenciosos quejidos de Amanda, junto a su respiración rápida y entrecortada, que decía mucho más de su miedo que cualquier grito descontrolado. Sus silenciosos pensamientos eran tan potentes que los gritos se habían vuelto inútiles. Pensamientos que, imaginaba él, la torturaban más de lo que él realmente estaría dispuesto a torturarla a ella.

Entrando en la confundida mente de Amanda, imaginó Róbinson todas las posibles intensiones que ella adivinó para sus crueles acciones. «Seguramente es un hombre triste y reprimido, que solamente hace esto para tratar de ocultar sus sentimientos de inferioridad, producto de las traumáticas y frustrantes relaciones que ha tenido en el pasado con las mujeres. Seguramente, su madre ha abusado toda su vida de él indirectamente, la peor de todas las formas de abuso, forzándolo a obedecerla apoyada en todo un artilugio sentimental que ha sabido armar para manipularlo. Abnegada, siempre lista para hacer todo por él, su hijo, a su vez espera siempre de él sólo “lo mejor”. Eso explica tan pulcrísima apariencia, porque ella, como es obvio, lo forzó desde niño a ser el mejor estudiante de la escuela, el mejor atleta del club, el mejor vecino del vecindario, el mejor feligrés de la iglesia; luego lo forzó, a medida que crecía, a cultivar una bella imagen que concordara con la de ella misma, la única que podría convertirla en una verdadera “madre orgullosa”. Por eso lo conminó a practicar toda clase de deportes y a asistir regularmente al gimnasio cuando sólo contaba con diecisiete años, aunque su personalidad no encajaba dentro de esos lugares y en esas actividades. Sin embargo, él tenía que estar siempre presto a satisfacerla en retribución de su eternamente dispuesta bondad, pues ella era siempre tan solícita, sensible y brillante que cualquier otra respuesta de su parte habría sido despreciable. Así que él tuvo que complacerla contra sus propios deseos, pues una extraña fuerza que de ella emanaba lo obligaba a asistir día tras día a aquellos esfuerzos físicos, prolongados por largas horas de tortura, profundamente odiadas por él. Y todo aquello ocurrió sin falla a través de muchos… muchísimos años. Por supuesto, está esa detestable novia que su misma madre le impuso y que ahora lo atormenta todo el tiempo, acosándolo, todo el tiempo llamándolo, todo el tiempo queriendo tenerlo y casarse con él, sin querer comprender ni ella ni su madre la causa de sus constantes comportamientos esquivos. “Si eres tan inteligente, tienes tan buen trabajo, ganas tan buen dinero. Ya puedes formar una familia con una mujer tan buena como Milagros”. Y ante su silencio, otra de esas actitudes adustas notables en él, seguramente su madre siempre sentencia: “Pensé que querrías darme esa satisfacción. No quiero morir sin verte casado con una buena muchacha y habiendo formado una familia. Pero ya veo que no será así. No sabes cuánto me decepcionas. Pero esa es tu decisión; no voy a inmiscuirme”. ¡Que cínica! Si ella lo único que ha hecho ha sido, precisamente, inmiscuirse en todos y en cada uno de los recovecos de la vida de este hombre. Ella ha invadido cada uno de los espacios en su alma y ser. Ella todo lo ha controlado, desde sus conductas hasta su personalidad, y ha mostrado especial ahínco y eficiencia en controlar sus relaciones, inclusive aquellas más atesoradas por él. El peor de esos crueles arrebatos llevados a cabo por tan maldita arpía fue aquella vez cuando cercenó el verdadero y más profundo deseo y amor de su hijo, hacía años atrás, cuando lo sorprendió con cierto amigo bastante “inapropiado” en actitud y acción igualmente “inapropiada”, disfrutando ambos de sus amores y pasiones verdaderas. Ella lo cambió todo, generando un escándalo privado que mataría todo deseo y lujuria en los jóvenes, destruyéndolos a ambos y arrancando de cuajo aquella relación de la tierra en la que ya había arraigado raíces. El pobre compañero de su hijo terminaría sus días sobre la Tierra él mismo al verse expuesto a tan grande vergüenza en el seno de una buena familia cristiana, muy similar en virtud a la suya. Ambos no fueron más que horribles manchas dentro de las pulcrísimas historias en ambos linajes. Por supuesto, luego de aquello las culpas para este hombre, quien no tuvo el valor de seguir el camino trazado de su único y verdadero amante, se multiplicaron exponencialmente a lo largo de los años, falta tras falta, latigazo tras latigazo y recriminación tras recriminación, cada una agregada como castigo a aquel “pecado imperdonable” que no se había reparado al expulsar a ese amigo carnal; el castigo para aquello, a los ojos de esta buena madre, debe ser infinito, extendiendo la culpa y el temor al pecado y al infierno hasta la última célula, quien con desesperación lo único que ha buscado desde ese entonces es alguna piedad y perdón para sus horrendas faltas. De eso ella se ha asegurado muy bien, recordándole constantemente lo decepcionante de sus actos a sus ojos y a los ojos de Dios, conminándolo a expulsar demonios, pensamientos impuros y pecaminosos, expulsando deseos, amores, sueños y lujurias. Y tan grande es esa refriega purgante de todo pecado dentro de su hijo, que esta amorosa y abnegada madre ha logrado casi expulsar también el alma de este pobre hombre de su propia vida. Pero ¿puede eso ser cierto? ¿Se puede acaso echar a alguien de su propia existencia? No sé si eso sea verdaderamente posible, pero este es lo más cercano a eso. ¡Pobre, realmente pobre!».

Róbinson comprobó la misericordia que esa mujer sentía por él al ver una lágrima rodar por su mejilla; estaba seguro de que lloraba compadecida de su sufrimiento. «¡Por fin, una mujer siente piedad de mí!». Allí él podría refugiarse y ocultarse de su madre y de su maldita y odiada novia. Abrazó, entonces, a Amanda y ella, presta y feliz de ser el amparo que este hombre tan desdichado no había podido encontrar en tantas otras mujeres que había tenido que matar, dejó de lado su temor y se convirtió en su protectora. Él la dejó libre y la primera palabra que él pronunció con su voz profunda, ronca y fuerte, un tanto entrecortada por el llanto que se le atravesaba en la garganta, fue «gracias». Aquella palabra expresaba el alivio que sentía al estar, finalmente, en refugio seguro, como el gozo del náufrago, que después de días —o como él, después de años— de andar braceando sobre un endeble entablado de madera, llegase a una isla llena de manjares, agua dulce y tierra firme que pisar. Fue entonces cuando él la vio sonreír y limpiarse las lágrimas para luego llevar su ligera, pequeña y suave mano a su rostro para acariciar gentilmente su mejilla. Róbinson sintió extasiado esa delicadeza, las tiernas manos de Amanda sobre su áspera piel cual pañuelo que limpiase toda la tizne acumulada por años de dura labor en una mina carbonífera y cuya suciedad le hubiese teñido de un color falso mohoso. Ella, con su caricia, lo hacía lozano, joven y limpio otra vez.

Amanda se levantó de la cama para dejarlo allí sentado, mientras tomaba una bata de baño y se cubría la desnudez. No decía palabra; sin embargo, era obvia su intención liberadora. Róbinson volteó para verla al otro lado de la cama, donde Amanda había encontrado una espada que llevaba en sus manos y con el filo apuntaba directamente hacia él. Entonces, ella le dijo las únicas palabras coordinadas que Róbinson le había escuchado y que serían, de paso, las últimas que oiría en su vida:

—Cuando grité hace un momento, cuando te tenía miedo, no me había dado cuenta de que, en realidad, quien debía haber gritado de pánico eras tú. No te preocupes; eso ya terminó.

Róbinson sonrió y liberó una expresión que era de felicidad, alivio y libertad, pero era a la vez una expresión bosquejada por la mano perversa de un dibujante sádico y cruel, que a la vez había en la mueca un evidente dejo de amargura y frustración. La hoja fría de la espada hundiéndose lentamente en su corazón no le produjo dolor, sino una profunda pena por la desgraciada vida que había dejado atrás y a la vez gran alegría por la seguridad de haber alcanzado el perdón de Dios, siendo ahora digno de la felicidad nunca posible en la Tierra. Poco a poco su aliento fue perdiendo olor. Luego, sus portentosos y fuertes músculos se relajaron tan profundamente que sintió que se dormía. Sus ojos fueron nublando su mirada, oscureciéndola. La oscuridad era tan profunda que se hizo total. Luego, no supo nada más de sí mismo. Todo se había hecho totalmente intrascendente y, por lo tanto, feliz.
Al volver en sí se dio cuenta de que la única oscuridad que verdaderamente estaba ante sus ojos era la de aquella habitación. «No estoy muerto». Casi lloró ante tan horrible descubrimiento. «¡No estoy muerto!». Las lágrimas de Amanda, que al principio habían sido pocas, ahora eran muchísimas, similares sus ojos, quizás, a una fuente de salobre dolor. Al ver el ahora deformado rostro de la mujer, surcado por hondas cavidades producto de su pánico, con la boca retorcida, con los ojos contraídos, con la carne más trémula que antes, supo que ella no había tenido aquellos pensamientos misericordiosos que le había atribuido hacía solo unos momentos. Róbinson pudo escuchar, entonces, los que eran los verdaderos pensamientos de esa pérfida: «Me va a matar», pensaba Amanda. «Este maldito me va a matar. Pobre diablo que tiene que hacer esto para sentirse verdadero hombre, cosa que a todas luces no es, que lo marica y deformado se le nota a leguas. ¿Qué hago ahora? ¿Qué hago? ¿Llorar? Sí, eso siempre funciona para manipular a estos cerdos asquerosos, hombres infelices. Me voy a hacer la pobre víctima sufrida, violable y desnuda para que sienta lástima de mí y que al final se doblegue ante mi voluntad y que no me mate y así seguir yo extendiendo el manto amargo de la femineidad por el mundo, criando hijas para que sean buenas madres como la que tiene este hombre, y criando hijos a los que tendría que doblegar sin piedad hasta la locura, como la buena madre de este ha hecho con él. Si después se arrepiente de dejarme libre me tiene sin cuidado. Lo único importante soy yo, mi vida y mi verdad. ¿Él? ¿Este pobre diablo? ¡Qué se pudra en su propia inmundicia!».

La ira surgía del estómago de Róbinson y sentía como cada vez crecía inexorable, inflándose como un globo y haciéndola tan amplia que ocupaba la habitación completa. Su piel cambiaba de color y pasaba de su blancura pálida ordinaria hasta un rojo colérico y enfermo. La sangre brotaría de sus ojos, las venas del cuello le explotarían, los tímpanos de sus oídos estallarían y su cerebro se sobrecalentaría hasta morir de no darle muerte de una vez por todas a esa maldita y traidora mujer que solamente buscaba apoderarse de él y chuparle la sangre, como lo hacían todas.

Brillante, incansable y nunca vil como una mujer, el puñal se convertía en el verdugo que ejecutaría la decisión ya tomada: «¡Muerte para la pérfida! ¡Sin piedad contra la matrona!». Miró el cuchillo y le pareció, como las otras veces, que un sayón tan canijo no podría tener éxito en la dura tarea de dar muerte a semejante quimera depravada. Le había parecido sorprendente las veces pasadas comprobar como un pequeño pedazo de metal con un corte certero en una yugular bien sometida podía dar fin a la existencia de todo lo que él odiaba. La sangre esparcida en las camas en todas las oportunidades en las que había emprendido esa tarea santa y purificadora de dar muerte a las reinas esclavizadoras, mantis comehombres, era siempre el trofeo que este pequeño guerrero se llevaba consigo. Todas las veces, Róbinson admiró el color rojo de la sangre que, cual fuente, brotaba de los cuellos cortados de las diablas, sangre que representaba la pureza de la verdad que él estaba dispuesto a perseguir, alcanzar y poseer finalmente. Esa sangre que teñía las finitas sábanas blancas y las volvía rojas era el testimonio del fin de la existencia de ese gran monstruo. Sí, la fiera salvaje había muerto… muerto para siempre. Nunca más iba a atormentarlo de nuevo. Nunca más iba a hacerle daño otra vez. No volvería a manipularlo.

Al mirar el reloj Róbinson se dio cuenta que había estado tan sólo cinco minutos en esa habitación. Súbitamente, se vio confundido, atolondrado. Se acercó al encendedor e hizo pasar de nuevo la electricidad hasta el bombillo en el centro de la habitación. Como el dios judeocristiano, al que él adoraba fervientemente, hizo la luz, pero no para iluminar un paraíso, sino a una mujer en medio de su cama, degollada y envuelta en una sábana de sangre. Otra vez despertaba de un pesado sueño, vestido de negro, en una habitación desconocida, con un pasamontañas que dejaba asomar al exterior tan solo sus cándidos ojos azules, como los de una persona inocente e incapaz de lastimar a nadie, con sus grandes y fuertes manos cubiertas por guantes de cuero y con una navaja ensangrentada en ellas. Se quitó el pasamontañas un instante para que Amanda pudiera ver la cara de su asesino. Fue inútil. Los muertos no ven.

Apagó nuevamente la luz, abrió la puerta de la habitación y sigilosamente salió de la casa por el patio trasero, asegurándose de que ninguno de los vecinos lo viera. Caminó por horas en la madrugada lluviosa de la ciudad. Luego vio que el cielo nocturno se despejaba y dejaba de nuevo ver las estrellas. Como escondiéndose de la mirada reprobatoria de la luna, se ocultó en un callejón de servicio, entre la basura. Allí, sobre los desperdicios descartados por otros, se tumbó y lloró amargamente, pidiendo otra vez perdón a Dios y prometiéndole, como siempre lo hacía, que no lo volvería a hacer.

jueves, 27 de junio de 2019

Autobús

Imagen de Free-Photos en Pixabay
Una caja gigante nos lleva o nos trae, según cada quien vaya o venga, todos juntos pero aislados, en silencio, pensando nada más, porque es el momento de pensar. ¿Qué otra cosa se puede hacer en la caja? El futuro físico es un destino en alguna calle en la ciudad, pero todos vamos pensando en un destino más allá, en lo intangible del futuro luego de la esquina o la parada. ¿Qué será de nosotros en cada caso?
Nunca me he preguntado qué es del destino de cada quién cuando se baja en su parada, pero ahora que lo pienso, encuentro inquietante la perspectiva. Yo solo voy al encuentro de mi intrascendente rutina, otra vez a vivir lo mismo que viví ayer, viajando al ya muy conocido pasado del trabajo, cuya permanencia se extiende hacia el futuro sin límite definido, pero como ya conozco mi destino, no me causa ni emoción ni ilusión. Ahora, sin embargo, me muero de envidia, me carcome la duda, porque me pregunto cuántos de quienes me acompañan en mi solitario viaje van a encontrarse con el episodio importante de su existencia, en tanto yo aquí, escribiendo en el teléfono para matar el tedio en los cuarenta minutos de tránsito. Es difícil adivinar quién se mueve en la caja para encontrarse a partir de su parada la vida que ahora no tiene, o que se mueve precisamente para mantener a flote esa vida; todos con la misma neutralidad en su expresión, todos entre tristes y decepcionados, todos simbólicamente muertos por cuarenta minutos… nada que ver por aquí.
Es tanto mi tedio y mi angustia por saberme desprotegido ante el destino, que es aburrido hasta la muerte, que necesito descargar en ti, querido lector, mis dudas y mis desgracias, porque justo eso hacen los escritores: trasladar a quien no lo ha pedido, pero lo ha buscado (si no, ¿quién te manda a leer?), ese peso colosal de la consciencia propia. Justo por eso, la próxima vez que vayas en autobús, angústiate por el estancamiento de tu vida y pregúntate quién de tus desconocidos vecinos sí va a buscarse un destino, no como tú, que sigues allí, encerrado en esa caja día tras día. Y también pregúntate si aquel al que ves tan ensimismado en su teléfono escribe para liberarse de su tedio y, burlándose, descargarlo en ti.

miércoles, 26 de junio de 2019

Sangre

Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay 

Alejandra no sabía cómo presentarse ante Eugenia, su madre, para decirle lo que había pasado. Se había estado debatiendo si era realmente necesario decírselo, pues sabía perfectamente que esta noticia afectaría terriblemente a Eugenia, pero al final había concluido que sí. Sí debía decírselo.

—Mamá —dijo—, tengo… tengo algo que decirte. Es algo muy importante.

—Dime, Ale —le respondió Eugenia—. Te ves preocupada. ¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme?

—Rómulo… —Alejandra, tan pronto intentó hablar, sintió que la voz se le atragantó con una piedra firmemente atascada en su garganta y se le hacía casi imposible retirarla. Tuvo que tomar un poco de aire, una vez, dos veces, tres… hasta que sintió que la piedra rodó por su garganta y liberó su voz, que continuó al fin con la difícil confesión—: Rómulo… ¡Rómulo me violó, mamá! ¡Me violó!

Eugenia era una mujer de ojos opacos, carentes de viveza y fuerza, como si no hubiera sustancia vital dentro de ella. Su apariencia era de una memez tal que no era de extrañar que algunos la consideraran llanamente tarada, y que no pocos hasta llegaran a intuir que debía padecer los devastadores efectos de alguna tara genética no advertida durante la infancia. Justo por eso, a cualquiera que la conociera le hubiera parecido extraño cómo la mirada normalmente vacua de aquella sandia sin trascendencia, se transformó en una hoguera encendida en estupor y rabia. Un destello psicopático aderezó aún más aquella fijación enferma que sorprendió a Alejandra al punto de que en sus propios ojos brilló el miedo.

—No sabes lo que dices, Alejandra —respondió al fin Eugenia—. Definitivamente, no sabes lo que dices.

Eugenia dio la vuelta y regresó a sus labores domésticas, a ese barrer constante de aquel piso, a ese sacudir sin fin de aquellos objetos de mal gusto que decoraban aquella casucha que no llegaba a ser de una pobreza desbordada en total miseria, pero que no escapaba del todo de los ordinarios intentos de los de abajo de no parecer tan de abajo.

—Mamá —continuó Alejandra, incrédula ante la indiferencia aparente de su madre—, ¿es que no te das cuenta de la gravedad de lo que he dicho? —Eugenia, sin embargo, continuó ignorando a su hija, ocupándose de lavar los platos siempre sucios en el fregadero y de desinfectar los baños—. Mamá, escúchame. Te estoy diciendo algo muy grave —Y Eugenia quería botar la basura y cocinar el almuerzo, cambiarle los pañales al bebé e ir a comprar los víveres a la tienducha de la esquina, aplicar desmanchador a la tapicería de los muebles y preparar el café—. ¡Mamá! ¡Rómulo me ha violado!

—No sabes lo que dices, hija. Estoy segura de eso —Al fin se detuvo un momento Eugenia para responder a Alejandra—. Si supieras lo que dices, entonces no lo dirías. Mejor no repitas lo que has dicho y hagamos como que esto nunca pasó. ¿Sí? Sé una niña buena y hazme caso.
Por las mejillas de Alejandra rodaron las lágrimas, físicamente salobres por su constitución química, pero amargas en su significación simbólica. Era una hija cuya madre prefería ignorarla a consolarla en el momento más duro de su corta existencia. Pronto, las lágrimas también se hicieron calientes, porque se llenaron de enfado.

—¡Mamá! —gritó—, ¿qué es lo que te pasa? ¿Acaso no me quieres escuchar? No me puedes ignorar, aunque lo intentes. Rómulo, tu esposo…, él… ¡él me violó!, ¡a mí, tu hija!

Los ojos de Eugenia eran dos huecos de vacía negrura sideral que penetraba hasta el corazón de su nadería, que era precisamente su corazón. Desleída, se le vio negada a la realidad del mundo. No estaba aquí, no estaba allá, no en el universo ni en la Tierra. No estaba en el espacio ni en el tiempo. Solo había una explicación para aquello: Eugenia estaba en el desolado y lejano lugar de su psicopatía.

—Te he dicho, hija —continuó Eugenia, demasiado tranquila, mucho más de lo que una madre en su situación debía verse—, que no sabes lo que dices, así que mejor no sigas; no repitas esa tontería. No más sandeces. Sé niña buena —Su voz bajaba un bemol con cada sílaba, y cada sílaba se arrastraba más sobre sí misma—. Sé buena y ya no hables más.

—¡Mamá!...

Para una niña de quince años, como Alejandra, el fracaso era un concepto no del todo entendible. Los niños de esa edad no tienen nociones claras sobre las amarguras de la existencia de las que adquirimos conciencia tan pronto nos hacemos adultos y añoramos nostálgicos la conciencia precaria de la infancia y la adolescencia. Sin embargo, Alejandra dejó de ser una niña en ese justo y sonoro instante, que tronó en su rostro enrojecido con el impacto del bofetón que le propinó su madre y que tronó también en su interior ante el derrumbe de su infantil sensación de seguridad. Giró su cabeza por el envión del golpe, que sintió en su cuello, tuvo que retomar rápidamente su equilibro antes de caer y llevó su mano a su mejilla. Luego, retornó su mirada a su madre. Para ese momento, Alejandra ya era una mujer adulta, porque había fracasado en el momento más amargo de su vida, justo lo que es la realidad para todos los adultos. No era capaz de entender nada, cuando hacía tan solo unos instantes creía que todo en el mundo estaba perfectamente claro. Confesaría su desgracia a su madre, Rómulo pagaría por su pecado y ella volvería a estar segura. No sería así.

—¡¿Mamá?! —Su voz era queda y dolorosa—. ¿Qué…? ¿Cómo es esto posible? ¿Qué haces?

—¡Calla! —explotó, iracunda, Eugenia—. Tú, maldita, será mejor que calles y dejes esto así. Es tu última oportunidad. ¡Tu última oportunidad!

Volverse de piedra se siente como calcinarse, calentarse al punto de la combustión espontánea, aunque el observador externo contemple a la otra persona tan solo quedarse inmóvil, intransigente en su obstinación de no mover ni un cabello. Así se le vio a Alejandra por un instante, mientras las lágrimas brotaban sin pausa de sus ojos. Sin embargo, aquella inmovilidad duró solo unos instantes. Cuando al fin entendió su fracaso, cuando todas sus esperanzas se rompieron dentro de su cabeza, enrojeció y, al igual que su madre, estalló de ira.

—¡Estás loca! —gritó—. ¿Qué es esto? ¿Cómo me hablas así? ¿Es que acaso…? ¿Es que acaso no me crees?

—Sí, te creo —respondió Eugenia, también llena de ira—. Por supuesto que te creo.

—¿Me crees? —Como añadidura a la ira, la confusión ahora aderezaba la voz de Alejandra—. Si me crees, ¿qué pasa entonces? ¿Por qué me tratas así?

—Te trato así porque es mejor que obviemos esto que has dicho y hagamos como que nada ha ocurrido. No. Nada ha ocurrido y tú no me has dicho lo que me has dicho.

—¡Pero sí ha ocurrido! ¿Es que acaso vas a ponerte del lado de él? Es eso, ¿verdad? ¿Te tiene tan encantada que estás dispuesta a defenderlo, incluso en esta situación?

—No —respondió Eugenia con un gesto de profunda rabia psicopática—, no lo defiendo. ¡Para nada lo defiendo! Sé muy bien que Rómulo es culpable y que hizo eso que dices. ¡Maldito! Pero… —Momentáneamente, Eugenia entristeció, pero muy pronto regresó a su enferma expresión llena de ira—, pero lo amo, Alejandra, y no estoy dispuesta a alejarme de él, y mucho menos a dejarlo. Él es mi macho, y ha sido el mejor macho que he tenido en toda mi vida, así que no hay forma de que esto nos afecte.

—Entonces lo prefieres a él. Lo prefieres a él en vez de a mí, ¡tu propia hija!

—«Tu propia hija» —dijo Eugenia en una burla sin piedad—. ¡Bah! «Tu propia hija, tu propia hija». Lo dices como si fuera eso gran cosa y como si lo merecieras todo en este mundo por eso de ser mi hija. Que seas mi hija no te da réditos de ninguna clase. ¡De ninguna! Aunque, pensándolo bien, sí que te ha dado —cambió Eugenia su expresión y se hizo impenetrablemente malévola—, porque allí sigues y apenas te he dado un bofetón, cuando te merecerías mucho más que eso, por puta.

—¡¿Cómo puedes hablarme así?! —Alejandra se acercó a su madre y la tomó por uno de sus brazos en un gesto casi violento—. ¿Cómo me dices esto, cuando lo que me ha hecho Rómulo ha sido tan grave? ¿Es que no eres capaz de escucharte a ti misma y de comprender las locuras que dices? ¿De verdad estás dispuesta a perdonar a Rómulo, mi violador?

—¡Oh, no! —Eugenia, en un hábil movimiento, logró zafarse del agarre de su hija. En sus ojos, llenos de la enferma sustancia de la locura, había algo de brillo y divertimiento—. Por supuesto que no, Alejandra. De ninguna manera voy a perdonar a Rómulo. Me las va a pagar por ceder ante las insinuaciones de una inmunda puta barata como tú. Ya veré la manera de castigarlo por sus culpas. Pero con todo y eso, sus culpas no te eximen a ti de las tuyas.

—¿Cómo? ¿Insinúas que yo tengo la culpa de lo que él me hizo?

—No la culpa, pero no me vengas con que no tienes ninguna culpa en esto. Déjate la pose de santa conmigo. Yo te conozco muy bien y sé cómo son las de tu clase.

La mayoría de los actos que nos enorgullecen, que nos liberan y que luego se convierten en enormes fuentes de arrepentimiento son acciones que en un momento dado entendemos como completamente inconscientes. Nuestro cuerpo actúa autónomamente de la razón y de la intención, como si de repente el cerebro perdiera toda capacidad de dominarlo. Sin duda, dentro de cada uno de nosotros hay otro ser, impulsivo y carente de razón, que permanece agazapado y vive sometido por las sogas de la consciencia, pero que no pierde la oportunidad de sorprender a su esclavizador con algún repentino arranque. Justo eso pasó con Alejandra, que se sintió reivindicada al sentir en su mano el ardor producto de su choque contra la mejilla de su madre. No solo le había devuelto el bofetón, sino que el suyo había sido mucho más fuerte, más sonoro, más hostil y más iracundo.

—Justo esto quería, cerda maldita —dijo Eugenia con una voz ahogada por la rabia y el odio—. Necesitaba que me dieras tan solo una excusa, una sola, para darte tu merecido, puta de papo aguado, que te chorreas cuando vez a los machos de otras. Tú no te vas a quedar con él, zorra. Rómulo es mío y al único al que él va partir es a mí.

—¡Aquí la única zorra eres tú! ¿Crees que te voy a permitir que me insultes por el roñoso de Rómulo? ¡Sigue gozándote a ese mamarracho, que es obvio que tú eres igual o peor que él! ¡Me avergüenza ser tu hija! Preferiría que mi madre fuera una puta, pero una de verdad, no tú, que te la das de digna y correcta, pero te mojas cada hora desde que te encontraste a ese hazmerreír, al punto de no importarte nada más en la vida que lanzarte a la cama con él. No eres nada más que una mujercita sin gracia que necesita de un hombre para sentirse valiosa. Pero no, no eres valiosa en lo absoluto. Pero no te preocupes, Eugenia, que ya no tendrás que ver por mí de nuevo y podrás dedicarte la vida entera a abrirle las piernas de par en par al nauseabundo de Rómulo para que te coja como el animal desbocado que es. Evidentemente no soy más que un estorbo para ti. No me verás nunca más en tu vida.

Alejandra dio la espalda a su madre, macerando su rostro en sus propias lágrimas, haciéndolo salobre y húmedo, fatigado, cansado, envejecido. Se sintió convertida como en una viejecilla de quince años, que a edad tan corta ha tenido que convertirse en anciana para sobrevivir. Dirigiéndose a la puerta, Alejandra se preguntaba qué sería de su futuro y ante ella se abrieron todas las posibilidades, las buenas y las malas, todas igualmente factibles. Podría terminar de meretriz barata ofreciendo su cuerpo en la más inmunda esquina de la ciudad o terminaría como eminencia médica luego de mucho luchar contra las adversidades; como mujerzuela a la que es válido que sus conciudadanos vean con desprecio en la calle y le escupan la cara o como dama respetable que ve a las putas con desprecio y les escupe la cara por la calle; como pasto de aves de rapiña que la despedazarían y la dejarían en sus huesos una vez su cadáver fuera lanzado por alguno de sus clientes en algún terreno baldío o como señora por la que correrían ríos de lágrimas y lloverían rosas y claveles del cielo a la hora de sus pompas fúnebres. No importaba su destino, el que fuera sería mejor que mantenerse junto a Eugenia, así que Alejandra caminó con determinación hacia la puerta. Esperaba que su mano llegara hasta la manilla, moviera la palanca, accionara el mecanismo de la cerradura que correría el pestillo y liberaría la hoja, que podría al fin batir y eliminaría su obstaculizante límite en el vano de la pared, la luz del sol penetraría al interior de la casa y ella saldría de allí, a la vez que se adentraría en su definitiva soledad en la luz del mundo. Triunfaría o fracasaría, pero cualquier cosa era mejor que ese horrible primer fracaso de su existencia que representaba su propia madre. La muerte en manos de un sádico cliente habría sido ya un triunfo para ella.

Pero no. Eugenia no era de las que se permitiría vencida, mucho menos por una maldita mocosa asquerosa como Alejandra. Su lerditud era solo la máscara que ocultaba su verdadera naturaleza. Alejandra no tendría ni clientes sádicos ni pompas fúnebres, porque no tendría ningún futuro. Eugenia, físicamente superior a su hija adolescente, tomó a Alejandra fuertemente de un brazo y la lanzó contra una pared, donde la controló con fiera firmeza. Alejandra intentó luchar, pero pronto quedó paralizada al sentir una punzada en su riñón. Un dolor agudo y grave a la vez, un dolor orquestal, le quitó toda su voluntad y se supo muerta de inmediato. Sabía que su madre había tomado un cuchillo, probablemente el de carnicero, tan enorme y afilado, que tan bien deshuesaba aves y destrozaba carnes. Alejandra sintió con claridad cómo su riñón vibró en un desesperado intento de rechazar el ataque, pero tan solo lograría con eso su propia muerte. Eugenia también sintió esa extraña vibración a través del mango del cuchillo. Le pareció sorprendente que pudieran sentirse tantas cosas a través de un pedazo de materia certeramente insertado en cuerpo ajeno. Advirtió la resistencia de la piel de Alejandra, que al romperse abrazó la hoja del cuchillo con suavidad, mientras la blanda sustancia de la grasa debajo ofreció una resistencia nula. Luego, otra resistencia mayor la conminó a hacer más fuerza para definitivamente cortar el cuerpo de su hija. Era el diafragma que protegía los tiernos órganos internos de Alejandra. Por fin lo venció, y luego penetró triunfante hasta el riñón que fue atravesado sin falla. Vibró.

La primera puñalada paralizó a Alejandra y la segunda la aturdió. La tercera la desplomó y la cuarta… la cuarta la mató. La quinta fue solo para asegurarse Eugenia de que no viviera. La sexta y la séptima tuvieron un propósito menos útil y fueron un poco más por simple divertimiento psicopático. La octava, la novena y la décima fueron por puro placer. De allí en adelante, no fue más que locura. Una y otra vez, veinte veces.  Y otra y otra vez, treinta puñaladas al fin.

Cuando Eugenia despertó de su letargo, liberada de las fuerzas demoníacas que constantemente la mantenían apresada, entendió que el color rojo que había visto extenderse por todo su campo visual era la sangre derramada de su hija que había cubierto el piso de la casa como una espejada y glutinosa alfombra. Se levantó y vio a la carne de su carne y hueso de sus huesos convertida en cadáver. «Maté a mi propia hija», pensó con mucho menos horror del que debió sentir, y se dio cuenta de eso. No sentir horror tampoco le sirvió para horrorizarse de sí misma.

—Así que la has matado —dijo Rómulo, tranquilo, divertido, aunque sorprendido, brazos cruzados, apoyado sobre la jamba de una puerta. Lo había escuchado todo sin intervenir—. No pensé que tendrías el valor, pero veo que por fin sí lo has tenido. Qué admiración.

—¿Por qué la violaste, maldito? —preguntó iracunda Eugenia al ver a su esposo—. ¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? ¿No recuerdas que habíamos hecho una apuesta? Yo si lo recuerdo. Te apuesto a que te vuelvo tan loca que harás absolutamente lo que sea por mí, recuerdo que te dije, y mírate. Hasta has matado a tu hija. Dime, Eu, ¿qué premio me gané por ganar la apuesta?

—Eres un sádico, ¿sabes?

—¿Yo? Pero si no soy yo el que ha matado a una hija por un macho, querida.

Eugenia corrió hacia Rómulo, dispuesta a reivindicarse como madre y convertirse en un ser que no mereciera el desprecio de la humanidad entera. Ante un juez podría justificarse diciendo que, aunque había, en efecto, matado a su propia hija por celos, también había matado a su esposo y violador de su hija por dignidad. Sería un doble asesinato, pero el segundo compensaría algo del primero. Al menos para ella así sería, aunque para el juez y el jurado no fuera así.

Con todo y su deseo de vindicación interior, su locura la detuvo, porque no, a mi macho no lo puedo herir, a él no lo puedo matar. ¿Cómo lo voy a matar si a él está pegado ese pene que cada vez que se adentra en mí, cada vez que me abre los labios vaginales, causa estragos en mi interior y destroza mi clítoris? ¿Cómo, si me hace sentir un espasmo que recorre mi espalda y me tensa la mandíbula y el cuello? ¿Cómo, si me hace un ovillo abrazada a él, a su musculatura, a su piel, y no quiero más que suplicar que me torture más y más y más, como a él le gusta torturar? Así que Eugenia se detuvo justo antes de herir a Rómulo, y él, tan seguro estaba de sí mismo y de la locura de su querida, que no se movió ni un centímetro para defenderse. Eugenia dejó caer el cuchillo al suelo y se quedó mirándolo, adolorida por la monstruosidad en la que se había convertido.

—Si me has convertido en esto —dijo—, si me has hecho matar a mi propia hija, al menos ven y cógeme. Hazme tu puta una y otra vez, desgárrame por dentro y por fuera, que es lo único que puede compensar todo este horror.

Rómulo sonrió y al fin movió su imponente figura. Se aproximó un poco hacia Eugenia y, sin medir fuerzas, la levantó del suelo y la arrinconó contra un muro. La besó sin misericordia, y Eugenia, feliz, fue floja y sumisa, al mismo tiempo que se llenó de una enorme rabia. Odiaba profundamente a ese hombre, tanto como se odiaba a sí misma.

—Ahora soy yo la que hará una apuesta —dijo súbitamente, apartándose un poco de Rómulo.

—¿Y qué será, vamos a ver? —respondió él, en extremo divertido.

—Voy a volverte tan loco por mí que también haré que mates a uno de tus hijos. Te juro que lo haré. Te lo juro.

Rómulo se carcajeó extasiado de placer y de divertimiento.

—Apuesto que sí —dijo—. De seguro que lo lograrás y ganarás esta apuesta.

—Ganaré, te lo juro.

—Sí, ganarás. Ya lo sé. Iré pensando a cual de mis hijos mataré. Por ti… por ti lo que sea.

Eugenia sonrió y se sintió más feliz que nunca. Aquel hombre era todo lo que deseaba en su vida y por él… por él lo que sea. Volvió a besarlo y este beso fue más placentero que nunca porque sabía a sangre. En efecto, era la sangre de Alejandra con la que antes se había embadurnado y que ahora también cubría el cuerpo de Rómulo. Se besaron y bebieron sangre. Sangre, sangre, sangre. Esa sangre que tenía el cincuenta por ciento del código genético de Eugenia. Sangre de su sangre.