martes, 25 de junio de 2019

Al refugiado*

Imagen de amykins en Pixabay 

*Esta carta la escribí para el Concurso Cartas de Amor, en su versión del año 2017. Por supuesto, este texto que ignoró completamente la temática del concurso (el amor en cualquiera de sus formas), no figuró de ninguna manera en dicho certamen, pero a pesar de saber que justo ese sería el destino de esta pequeña obra, decidí enviarla porque para eso la escribí. Hoy le tengo especial cariño a esta carta, porque me ayudó a descubrir que no me sale eso de escribir sobre el amor, con amor o para exaltar el amor; por eso aclaro que lo que dice al principio es verídico: la empecé a escribir decenas de veces, tratando de enfocarme en el amor… y esto fue lo que salió. ¿Será que esta es mi interpretación del amor? En cualquier caso, me pareció propicio por su ironía y crueldad iniciar este blog literario con una carta escrita con sorna y cinismo a la figura del refugiado (inspirada por la crisis de los refugiados sirios de 2017, el tema más importante de ese año en particular según mi opinión) desde la perspectiva de un (en ese entonces) no refugiado, cuando hoy día yo mismo soy un refugiado. Ironía y crueldad: eso es el amor para mí, aparentemente.



Estimado refugiado:

Ya perdí la cuenta de las veces que he intentado escribirte esta carta. Han sido muchas, porque cada vez que te escribo, algo de lo escrito se me hace inadecuado. Un tono solemne que describe tu tragedia parece un recurso dramático demodé en estos tiempos de literatura instantánea y fácil, además de que parecería ridículo que quien no es refugiado describiera tu odisea. Por eso intenté luego recurrir a comentarios entre chistosos e impertinentes para aligerar el tema, pero invariablemente me abofeteaba algo parecido a la vergüenza, pues me vi como el privilegiado que, desde la comodidad de su computadora, busca risas en el fondo sardónicas que se disfrazan de humor negro.

Al final, te escribo con la misma actitud que tiene todo el mundo ante ti, esa actitud muy posmo de quien mira un asunto entre perplejo, desinteresado y distante, todo con el propósito último de expresar alguna aleccionadora máxima metaconceptual ―ya sabes que usar palabras rimbombantes y en el fondo vacuas como metaconceptual es muy posmo―, aglutina felicitaciones generales en forma de «me gusta» o retuiteos, y luego descarta rápidamente el asunto, saltando hacia otra cosa también muy importante y empapada de una carga moral que le urge a exponer reflexiones frívolas para deleite de sus seguidores.

Es éticamente inaceptable, pero en tiempos de verdades alternativas, escribir una carta utilizándote de excusa con el fin de figurar en un concurso de literatura epistolar parece un recurso destinado al éxito, ya que esta carta no es más que una referencia a la vacía actitud de quien solo te conoce a través de los medios, pero pretende ser en realidad un comentario sobre la inteligencia liviana y fútil de nuestra época, y recurriendo al uso de la palabra refugiado con fines poco claros no hace más que acusar al lector, que seguramente es un posmo, como centro y periferia de su propia culpa, y por eso esta carta es una maravillosa creación posmo en sí misma, porque es una referencia dentro de una referencia que luego refiere a otra cosa distinta, pero que tiene impacto porque refiere a todo sin referir claramente a nada. Hueca de contenido, es tremendamente efectiva por su forma y su lenguaje más que por su mensaje, como una muy resumida y más panfletaria versión de El origen, esa sobrevalorada película que no significa nada, pero que hace que discurra un palabrerío sin final porque está «abierta a interpretaciones», algo que a los posmos nos encanta.

Me pregunto, sin embargo, que tan abierta a interpretaciones puede estar una situación como la tuya y qué tan posmo puede ser el mundo ante tu lánguida imagen compartida miles de veces en las redes. El Mediterráneo se traga persona tras persona y el posmo solo ve morir árabes que poco importan porque son, precisamente, árabes. Sin embargo, cuando aparece una foto impactante, todos estamos prestos a usarla para hacer notar que somos sensibles y civilizados, y además, que estamos muy «involucrados».

Te preguntarás hasta qué límites puede llegar tanto cinismo. Yo me pregunto lo mismo. Tal vez llegue hasta a nombrar a Aylan Kurdi como descarado recurso final para causar indignación y asombro en el jurado, todo con el mezquino fin de figurar, aun a sus expensas y a las tuyas, que si no existieran no tendría esta carta tanto efecto. ¡Cuánto cinismo autorreferencial!

Para finalizar, te agradezco por ser tan buena excusa para escribir esta carta. Como verás, tu sufrimiento no ha sido totalmente en vano.


Suerte en tu viaje.

Redirección

Imagen de <a href="https://pixabay.com/es/users/StockSnap-894430/?utm_source=link-attribution&amp;utm_medium=referral&amp;utm_campaign=image&amp;utm_content=2596809">StockSnap</a> en <a href="https://pixabay.com/es/?utm_source=link-attribution&amp;utm_medium=referral&amp;utm_campaign=image&amp;utm_content=2596809">Pixabay</a>
Libros para la vida
Imagen de StockSnap en Pixabay 


Desde hace mucho tiempo no escribía nada en este espacio. Las cosas de la vida se interpusieron, pero lo que más se interpuso fue esa disposición interior a no seguir dándole vida, porque tiempo, lo que es tiempo, siempre hay, pero a veces no hay voluntad. La cuestión es que desde la última vez que escribí, mi vida ha tenido varios cambios importantes, pero hay un cambio que está por encima de todos, el cambio de cambios, y el que ha provocado que todos los demás cambios sean irrelevantes: he cambiado de país, lo que implica un cambio de todo lo demás. Ya mis amistades y yo nos hemos distanciado, mis recuerdos chocan con las novedades que encuentro en este nuevo lugar, mis costumbres deben ser olvidadas a favor de las costumbres de los lugareños para no correr el riesgo de que me sigan mirando como un desadaptado (etapa por la que pasan todos los migrantes, creo). Ya que he cambiado de todo, ¿por qué no cambiar de concepción vital también? Si ya estoy pasando por este desarraigo, ¿por qué no arrancar las raíces restantes? Este momento complicado de mi vida me ha hecho concluir que estoy en el instante propicio para intentar entrar en el mundo de la literatura, de publicar mis escritos, esos que tengo guardados en la nube y en los archivos de mi computadora desde hace años y que creyeron que nunca veían la luz de los ojos ajenos recorriéndolos, y por eso me veo en el momento de recibir críticas de mis lectores, porque ¿qué mejor momento para exponerse al mundo que cuando se está más vulnerable y la vida se ha vuelto inestable? Pues bien, aquí estoy, en una situación que no podría decir que es buena, pero reencontrándome como este espacio que promete que mi vida será peor porque me expondrá a los dardos de la gente, que es justo lo que necesito: más amarguras.
Este blog será desarrollado en paralelo con otro de igual naturaleza en WordPress, al que pueden acceder aquí.
Espero que estas nuevas letras que escribiré de ahora en adelante en este espacio sean de su agrado. ¡Disfruten!

miércoles, 26 de julio de 2017

El curioso caso de la universidad que se creyó avestruz


Struthio camelus es el nombre científico del avestruz, el ave más grande y pesada del mundo, que puede llegar hasta los tres metros de estatura y a los 180 kilogramos de peso. Ese es un dato verídico que tal vez muchos conozcan. Otro dato muy extendido sobre el avestruz es su irrefrenable impulso de esconder la cabeza bajo tierra al enfrentar algún peligro. Este no es más que un mito falso e injustificado, pero a pesar de eso, son muchos quienes genuinamente creen tal especie.


     Sin embargo, para cualquier persona medianamente pensante, sería sospechosa la idea de que un ser vivo, cualquiera que este sea, pudiera recurrir a semejante estrategia defensiva. Esconder la cabeza bajo tierra ante un depredador o ante la competencia sería una conducta absurda que, sin duda, ya habría llevado al avestruz directo a la extensión y hoy en día cualquier otra ave detentaría su sitial de honor entre los datos de la cultura general. 

     La realidad es que los avestruces recurren a las técnicas defensivas más comunes en la naturaleza, que son las más comunes por ser las más lógicas, precisamente: esconderse (bajar la cabeza a ras de suelo y mimetizarse con el monte no es lo mismo que soterrar la cabeza), huir (son de las mejores corredoras de la naturaleza) o atacar (las mismas piernas que le dan gran velocidad, son capaces de propinar fortísimos golpes que pueden ser mortales). En ningún caso, sin embargo, el avestruz recurre a ese ensimismamiento de enterrar la cabeza, como si aislarle del exterior hiciere mágicamente desaparecer los peligros. En efecto, exponer el cuerpo mientras se oculta solo la sien haría del avestruz de las presas más fáciles de la naturaleza, pues cualquier depredador podría acercarse a ella y atacarla con extrema facilidad, que en su negacionismo absurdo, el avestruz ni siquiera se daría cuenta de la asechanza del peligro. Seguramente, muchas especies sí han existido con estrategias así de absurdas a lo largo de la larguísima y caótica historia de la vida sobre la Tierra, pero precisamente por recurrir a tan incoherentes métodos de supervivencia, hoy en día ya no pululan por los confines del mundo los animales que ante un león cierren los ojos, o antes los gritos de un águila se tapen los oídos para no escuchar sus amenazas.

     Extrañamente, estos absurdos métodos sí que se ven entre los seres humanos. Todos hemos visto a más de uno por allí que, antes sus problemas, no hace más que girar la cabeza hacia otro lado, actuando como si sus problemas no existieran, negándolos antes terceros que los señalen o sonriendo ilusamente ante los descalabros, seguros de que todo saldrá bien, no porque estén haciendo algo para que todo salga bien, sino porque todo saldrá bien… y listo.

     Nos parecen penosas y ridículas esas personas y no podemos hacer más que contemplarlas con lástima, pues siempre las vemos hundirse cada vez más profundamente en el pantano de negaciones que consumen su vida sin remedio. Aun así, la mayoría de las veces es poco lo que terceros podemos hacer para salvarlas de tanta negación, pues cada quien decide asumir la estrategia que crea más conveniente ante los retos. La situación se vuelve más peliaguda, sin embargo, cuando se trata de instituciones las que asumen esa indefendible postura. Cuando esta institución es una universidad, todas las alarmas tienen que saltar, pues estas se suponen depositarias de ciertos valores y principios que guiarán a los ciudadanos hacia senderos inequívocamente certeros, coherentes y lógicos, y cuando sus actuaciones son inciertas, incoherentes e irracionales, quien confía en los saberes de las artes, las ciencias, las técnicas y la disciplina como norte, no puede sino sentirse defraudado, desorientado, perdido en medio de la confusión y completamente desprotegido ante los peligros de un mundo que tienden hacia el desorden más absoluto.

     Desde hace casi veinte años (y hasta más), Venezuela sufre un proceso de declive general definitivo, que de distintas formas ha desencadenado en la actual situación, agudizada luego de más de cien días en los que el país atraviesa un doloroso y difícil trance, y en medio de esta coyuntura el gobierno se inventó una Asamblea Nacional Constituyente que se pretende convertir en una especie de coco, ese fabuloso ser comeniños que amenaza a los pequeños rebeldes que se niegan obedecer la orden de su padres para que se duerman: «porque viene el coco y te comerá». La ANC es, entonces, un lamentable y burdo asustaniños que se utiliza con el mismo fin de manipular a los infantes: «duérmanse, mis niños, que viene la ANC y se los comerá». La verdad, la ANC no es más que un elemento bastante burdo y mal montado que poca o nula mella ha hecho en la determinación de quienes protestan en las calles, aunque ha crispado los nervios a muchos de quienes permanecían más o menos indiferentes a la situación, partidarios del gobierno inclusive.

     Todo este enrevesado panorama ha servido para que las instituciones, una vez más, se pongan a prueba en lo más importante: su poder de convocatoria ética y moral. La universidad, como institución, ha estado a la vanguardia y a la altura de la situación, no obstante los reducidos espacios a los que ha sido confinada en la Venezuela de la Revolución Bonita (¡Qué lejos y olvidada ha quedado aquella advocación de la «revolución» chavista! Ya ni sus menguados seguidores parecen ver lo bonito en ella y han hecho desaparecer discretamente aquella ya antigua alocución). A pesar de esa reducción, la universidad (la tradicional, aquella en las que se piensa cuando se nombra tan superior palabra) aparece constantemente en todos los estudios de opinión como una de las instituciones con mayor credibilidad del país y una de sus principales referencias éticas. Esto se demostró con el plebiscito del 16 de julio, organizado y auditado por el conjunto de las principales universidades de Venezuela; es tal su peso y prestigio en el imaginario colectivo que hasta los grupos más radicales e irracionales de la oposición venezolana, que esperaban un resultado absolutamente irrisorio e imposible (se llegó a hablar en algún momento de hasta once millones de votos o más) tuvieron que aceptar la cifra final de aproximadamente siente millones seiscientos mil votos. Algunos llegaron a sugerir que los partidos de la MUD habían decidido anunciar menos votos a los realmente obtenidos para complacer al gobierno de cara a alguna oscura negociación, pero otras voces, muy certeramente, recordaron quién había sido el árbitro. «¿Acaso creen que los rectores de las universidades se iban a prestar para lo que dices?». Ante eso, todo el mundo hizo silencio y terminó por aceptar el número. Tal es la imagen intachable con la que la mayoría ve a la ―verdadera― universidad venezolana.

     Sin embargo, una cosa es la Universidad como concepto institucional y otra muy distinta es la universidad como estructura organizativa individual. En Venezuela, todos lo sabemos, hay muchas universidades nominales, pero en lo absoluto son universidades reales. Mucho me temo que la Universidad Rafael Urdaneta (URU), institución en la que he trabajo desde hace varios años, si ya no es de lleno una universidad puramente nominal, está balanceándose cínica y peligrosamente justo al borde del despreciable abismo en el que nacieron la mayoría de los parapetos seudouniversitarios creados en los últimos años por un gobierno que no encuentra manera de arrastrar a las verdaderas universidades hacia su lado de la historia. 

     Defraudado, desorientado, perdido en medio de la confusión y completamente desprotegido ante los peligros del incoherente mundo que quiere imponer el gobierno, así me sentí ante la intempestiva, arbitraria e inexplicable decisión de la URU de adelantar el período vacacional de mediados de año justo en uno de los momentos más críticos de la historia reciente de Venezuela, cuando un gobierno a todas luces y ya abiertamente dictatorial y criminal amenaza más que nunca con desmontar lo que queda de la muy maltrecha estructura republicana del país.

     Ensimismada en la negación más absoluta, la URU ha demostrado una actitud incoherente con el papel que le corresponde como institución con trascendencia en el imaginario colectivo, particularmente en el occidente del país, en donde hace vida. Desde aquel desgraciado tuit en el que con particular desparpajo y hasta desprecio desmiente que Luis Vera fuera ―para el momento de su muerte― estudiante de esta casa de estudio, la URU mostró una actitud completamente contraria a lo que se espera de una universidad, de las de verdad. En el mencionado tuit, es más que obvio el interés de la URU por desentenderse de la cada vez más crítica situación extramuros, y habiéndose convertido la muerte de Vera en un asunto que produjo conmoción en la ciudad y el país, resultó incómodo, aparentemente, que se le relacionara con una crisis que ya sospechábamos quienes estábamos intramuros, la URU no parecía estar muy dispuesta a aceptar. A partir de allí, la mitad de los estudiantes asistían a clases en un ambiente crecientemente tenso, denso, espeso y tremendamente extraño, como si todos nos hubiéramos perdido en una nave espacial que fue lanzada sin rumbo a una deriva infinita y cada vez más oscura. Esto era así porque la otra mitad de los estudiantes estaba a la puerta de la universidad, recibiendo las arremetidas de las fuerzas de orden público, reclamando sus derechos frente un gobierno cada vez más impresentable e indefendible La URU, sin embargo, intentaba mantener una rutinaria normalidad y eso era, precisamente, la fuente de toda la irrespirable densidad que se sentía en el aire de aquella nave a la deriva. 

     «¿Y cómo van a ser la evaluaciones si no está viniendo casi gente, profe?», «¿Y qué vamos a hacer los que vivimos fuera de la ciudad?», «Me cuesta mucho llegar hasta acá con tantas trancas, profe», «¿Cómo puede haber flexibilización de evaluaciones si no anuncian una reprogramación de la fecha de finalización del semestre, profe? ¿Nos van a pasar a todos sin habernos evaluado o qué? Es la única forma». Uno sonreía ante los muchachos y solo podía responder alguna tontería tipo: «Ya veremos cómo hacemos». La verdad, es que pararme frente a un auditorio de estudiantes a decir tonterías nunca ha sido de mi agrado, aunque seguramente en alguna oportunidad he dicho alguna tontería inadvertida por mí. Eso es muy distinto, sin embargo, a decir tonterías que intentan justificar el absurdo para amainar el lógico descontento de aquellos que asistían a clases, preocupados por el devenir de su situación académica en medio de toda la incertidumbre nacional, mientras la mitad de sus compañeros se batían en el asfalto contra la dictadura.

     Luego de aquello, la gota final que colmó la paciencia de más de uno: la serie de suspensiones a ciertos estudiantes reconocidos como los líderes de la protesta en la universidad. ¿Por qué las suspensiones? Las explicaciones a esto fueron múltiples (explicaciones de pasillo, hay que aclarar, ya que oficialmente jamás se dio una razón pública de aquello, pues los procedimientos disciplinarios, dice la URU, no discutirlos públicamente, así se apliquen en una circunstancia tan extraordinariamente pública como los son las protestas antigubernamentales que actualmente se desarrollan en el país). Que si los estudiantes en cuestión eran agentes de los partidos políticos de oposición dentro de la universidad, como si pertenecer y defender la postura de un partido político fuera un delito; que si exponían a la universidad a cualquier daño ocasionado por la situación caótica de la calle, como si a ellos se les pudiera culpabilizar por la represión y el uso desproporcionado y absurdo de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad del Estado; que si perturbaban la tranquilidad del recinto universitario y entorpecían las actividades  académicas dentro de la universidad, como si la situación general del país y las horas de cola que muchos estudiantes y profesores tenemos que hacer para adquirir alimentos, gasolina o cualquier otro bien, no fueran la verdadera perturbación a la tranquilidad del recinto universitario. Al final, por supuesto, prevaleció entre muchos la idea que parecía la más obvia de todas: la URU se cierra a la realidad, cierra los ojos ante el león, se tapa los oídos ante el grito de las águilas… entierra la cabeza ante la amenaza. Hasta en algunos medios de comunicación prevaleció esta idea. Por supuesto, las mismas justificaciones de siempre: ese medio no tiene prestigio, a esa periodista nadie la conoce y nadie le cree, tergiversan la realidad, inventan, quieren hacer de dominio público cuestiones eminentemente privadas. La verdad es que lo que llegó a los medios no era en absoluto distinto a lo que corría por pasillos de la propia universidad.

     Lógicamente, muchos de los estudiantes voltearon sus cañones hacia un nuevo enemigo, ya no al gobierno nacional, ya no a la deshonrada Guardia Nacional, ya no la policía regional… Ahora el enemigo es la misma URU. La nueva protesta ya no sería en la avenida El Milagro, sino en la mismísima plaza frente al rectorado, y el nombre del presidente sería sustituido por el del rector. Ambos, sin embargo, serían acusados de lo mismo: arbitrariedad, abuso e irrespeto a los derechos fundamentales de las personas. Y suspensión tras suspensión, se evitó la anunciada protesta intramuros con la intempestiva llegada de las «vacaciones».

     Desde que la URU cerrara sus puertas (oficialmente el 06 de julio, en la práctica desde varios días antes), el país ha empeorado ―¡y mucho!―, y ahora las protestas no son como las de ese entonces. Cada vez más expuestas a la respuesta absurdamente violenta por parte de los cuerpos de seguridad, las protestas se han hecho también más masivas, más atrevidas y más incontrolablemente viscerales, tanto que más de un vocero de la MUD ha tenido que llamar la atención ante estos escenarios que tienden a la lucha caótica. La protesta ha evolucionado rápidamente, desplazándose hacia nuevo derroteros mucho más peligrosos e impredecibles, amenazando con convertirse en un monstruo devorador y sanguinario. Diez días después del cierre, el 16 de julio, la protesta se hizo general luego del plebiscito. Hoy es 26 de julio, han pasado veinte días desde el cierre de las puertas de la URU y se cumple el primer día de dos de paro cívico nacional. Hoy hay muchas más muertes que hace veinte días. ¿Cómo estará el país el 06 de agosto, un mes después del cierre de la URU, fecha estimada de la reapertura de puertas? Por cómo van las cosas, es absolutamente imposible predecir qué será de nuestro país para ese entonces, y eso que hablamos de tan solo diez días hacia el futuro. ¿Habrá constituyente? ¿Habrá protesta cívica o guerra civil? ¿Habrá embargo a las propiedades petroleras venezolanas en el extranjero? ¿Habrá presidente o no? ¿Habrá universidades? ¿Habrá un solo paquete de harina disponible para el consumo de treinta millones de habitantes de este país?

     En el caso de una hipotética reapertura, que cada vez parece más deslucida e improbable ante el caos creciente, no habrá cambiado, sin embargo, el trazo amargo que ha dejado la mezquina actuación reciente de la URU. Y si lo hecho antes del cierre vacacional no fuera suficiente, luego de este, ante el plebiscito del 16 de julio, hemos visto como las autoridades de la URU no han participado como garantes regionales en tan histórico evento, pero sí lo han hecho las autoridades de todas las demás casas de estudio verdaderamente trascendentales de la región: LUZ, URBE, UNICA y UJGH. Sabiendo que URU, con sus ya más de 40 años, fue históricamente la segunda universidad en la región en ser una verdadera alternativa a la centenaria LUZ, resulta completamente inexplicable su ausencia en esta comisión, rebasada por otras instituciones con muchísimo menor recorrido histórico. La cabeza se entierra más y más profundo, aparentemente.

     La Universidad Rafael Urdaneta fue fundada en 1973, ya en democracia, y desde su nacimiento no había enfrentado los entuertos, dictaduras y caprichos del poder que mucho antes habían tenido que enfrentar las universidades históricas del país (UCV, ULA, LUZ y UC), pero toda institución, tarde o temprano, debe enfrentarse a los retos que le impone la historia. En esas horas menguadas, las supuestas instituciones deben demostrar que realmente merecen la deferencia que se tiene para con ellas. Metafóricamente, una universidad se gradúa de universidad cuando la historia le otorga ese título, y la historia tiene tan magnánimo gesto con esas instituciones porque estas demuestran ser lo que tienen que ser: depositarias de ciertos valores y principios que guían a los ciudadanos hacia senderos inequívocamente certeros, coherentes y lógicos, y demuestran con ello tener poder de convocatoria ética y moral. En este momento tan difícil que atraviesa la nación, la URU ha evidenciado más que nunca sus propias contradicciones, sus minusvalías se presentan ahora desnudas ante su propia comunidad y su oportunidad de coronarse como una verdadera universidad se desvanece.

     En su negacionismo obstinado, en su ensimismamiento absurdo, en su interés meramente enclaustrante, la URU se denuncia a sí misma como la antítesis de la razón, enemiga, por tanto, de toda ciencia, arte, técnica y disciplina, y por eso, precisamente, la URU declara creer y dar por cierta la absurda estrategia del avestruz mitológico que soterra su cabeza ante el peligro. Las evidencias y la lógica demuestran por qué ese avestruz imaginario sucumbe ante el avestruz real; demuestra que ninguna entidad destinada a la vida puede realmente aislarse de la realidad sin pagar las consecuencias, en este caso, con la propia vida. Y no, no soy dramático ni exagerado. La URU pretende regresar de estas convenientes vacaciones durante el mes de agosto, pero nada puede garantizar que para ese momento quede alguna república en la que una institución como la universidad pueda tener cabida.

     Tan antigua, y luego de haber sido la primera universidad en tener una escuela de Ciencias Políticas en la ciudad de Maracaibo, la URU se muestra hoy día como una colosal pérdida de tiempo, pues obviamente no sabe cómo ser una universidad en los momentos en los que es más importante que las universidades actúen como tal, en vez de comportarse como escuelitas infantiles para cuidar a niños crecidos que aún son sobreprotegidos por sus padres y representantes. Universidades muchísimo más jóvenes, como la Universidad José Gregorio Hernández, fundada apenas en 2003 ―ya en los comienzos del autoritarismo chavista―, han decidido actuar con mucho más tino, de forma más lógica y más acorde a las exigencia que hace la historia para con ellas si de verdad quiere ser reconocida por el imaginario colectivo como una verdadera universidad. Seguramente, esta universidad, que no conozco personalmente, salvo por su novedad, tendrá sus problemas internos, como todas, pero al menos parece ser una avestruz, aún joven, aún débil, pero con la cabeza en alto, mirando de frente al león que la amenaza. A su lado, un avestruz mucho más viejo y fuerte, ha decidido enterrar su cabeza, tratando de imaginarse un mundo sin leones. Es posible que al final, ambas aves terminen muertas al triunfar el león, pero si antes de ello me preguntaran cuál creo que tiene más probabilidades de seguir existiendo el día de mañana, me decantaría por la más pequeña, débil y joven, pero que, obviamente, tiene verdaderas ganas de vivir un futuro para convertirse, al final, en un verdadero avestruz.

domingo, 7 de febrero de 2016

Google lo sabe todo de ti... Pero Ramonet es el que se las sabe todas



He leído el día de hoy el editorial de Le Monde Diplomatique (del cual, para ser justos con los lectores, dejo su enlace aquí), ese extraño periódico-panfleto de izquierdas europeas que sirve únicamente para que el señor Ignacio Ramonet exponga ante sus fieles seguidores, todos ellos bien revolucionarios e izquierdositos, como debe ser un buen ser humano, su visión tan increíblemente sesgada y deshonesta sobre cualquier cosa que signifique algún tipo de avance o progreso para la sociedad y la humanidad. Para él, como para todos los socialistas-comunistas fundamentalistas, todos deberíamos estar sumidos aún en la prehistoria, una época en donde la gente sí que era buena e inocente; ya saben, cuando éramos buenos salvajes.

    Es impresionante el enorme sesgo del editorial en cuestión. En efecto, que empresas como Google, Yahoo! y otras tantas acumulan datos sobre sus usuarios, en parte para mejorar la experiencia y el servicio ―lo cual es muy positivo― y en parte para ofrecer publicidad ―lo cual no tiene por qué ser algo negativo― todo el mundo lo sabe. De hecho, el modelo de negocios de estas empresas es ese, pues sobreviven gracias a la publicidad, sino ¿de qué van a vivir, si no producen bienes materiales de ninguna clase? En fin, que pareciera ahora que la publicidad es la actividad más horrible y degradante del mundo.

Lo que me parece igualmente deshonesto es que Ramonet ignore las veces que Google y otras empresas similares han tenido conflictos, a veces convertidos en batallas legales, con el gobierno de los Estados Unidos, precisamente por temas como este. Un ejemplo de esto es el enlace que puede ser leído aquí y otro caso similar aquí, pero que fue protagonizada por Twitter, que a diferencia de Google y Microsoft, los cuales aceptan a regañadientes los pedidos del gobierno, ha mostrado siempre una actitud abiertamente contraria a esta política de los Estados Unidos. No es que Google sea un paladín de la privacidad ―que para nada lo es―, pero que sea un esclavo arrodillado ante el gobierno y que todos los datos de sus usuarios se los envíe en informes detallados diarios ―es una exageración mía, lo sé; por favor, tómenselo con un poco de humor― por supuesto que no es verdad; y de hecho, ninguna empresa hace eso y todas quieren proteger sus datos, sea simplemente para guardarlos o para sacarles alguna ganancia. No en vano, hemos visto todas las dificultades que ha tenido el gobierno de Estados Unidos para sacar adelante la ley SOPA y PIPA, que a estas alturas, sinceramente, no creo que puedan aprobarse jamás.

     En efecto, hemos sabido de empresas que en más de alguna oportunidad han incurrido en actividades no precisamente legales mediante el uso de datos de sus usuarios, como lo mencionado en el artículo de Ramonet sobre Yahoo! o Vizio, pero precisamente por haber hecho esto en sociedades democráticas y en las cuales siempre habrá grupos preocupados por el tema de la privacidad y que indagan y revelan esos hechos, han terminado descubiertos ―ya saben lo que dicen: «entre el cielo y la tierra todo se sabe»― y han tenido que pagar por sus acciones, ya sea por fallos judiciales, ya sea por falta de credibilidad o directamente por odio en los consumidores. Seguramente, muchas más felonías de este tipo habrán llevado a cabo, pero, al menos, saben que existe cierto límite a sus acciones y no andan como locos por allí, vendiendo y comprando información de correos, cuentas de Facebook, Twitter, Instagram y demás.

     Igualmente, el propio gobierno de los Estados Unidos está sometido a una gran presión, tanto por parte de la opinión pública dentro y fuera del país, como por parte de las propias compañías. En efecto, el proyecto PRISM es enormemente dudoso en cuanto a su funcionamiento, objetivos y demás, pero lo que es seguro es que hoy sabemos lo que es PRISM precisamente porque Estados Unidos es una democracia que cuenta con medios de comunicación ―esos mismos que tanto le gusta a Ramonet criticar a través de… su propio medio de comunicación― cuyo interés principal es servir a la verdad, en menor o en mayor medida. Puede ser cierto que estos medios tienen algún sesgo a favor o en contra de determinadas ideologías, pero eso no significa que mientan o sean agentes de manipulación de pobres masas decerebradas que necesitan que los periódicos y televisoras piensen por ellos. En lo personal, yo sé que no soy de esa clase de decerebrados, ahora, sobre el señor Ramonet, ya que tanto pregona esa idea, no puedo asegurar nada. Yo sé que no soy ese zombie consumementiras de los medios por experiencia propia. No puedo decir nada por las experiencias del señor en cuestión.

    Pero Ramonet no habla de otros países, ¡no!; él habla solo de Estados Unidos y otras potencias occidentales. No habla de esos países en donde la información no es suministrada por Google, Yahoo!, Amazon u otras empresas a los gobiernos, sino que ellos mismos, mediante sus propios servidores, que suelen ser la única o mayoritaria vía de acceso del internet a sus naciones, ya que el suministro de ese servicio se considera asunto de seguridad pública y fuente potencial de peligro para la «soberanía patria», espían sin miramientos a todos sus ciudadanos, países en los que un día, de repente, una etiqueta específica o las fotografías en Twitter son bloqueadas, lo cual implica que ciertos mensajes pasan al dispositivo del usuario, pero otros no lo hacen y solo aparece un mensaje de Twitter que dice «este tweet (o ‘trino’, para quienes preferimos defender la lengua materna) no pudo ser entregado», o en los que súbitamente se ralentiza el servicio a niveles insoportables o directamente de inutilidad total ―casualmente siempre un día de elecciones de vital importancia para el país, ¿qué raro, no?―. ¿Por qué, me pregunto yo, Ramonet no dice nada de esos países? ¡Esperen! Pero ¿de qué países estamos hablando? ¿No nos referimos, por casualidades de esta vida, a países como Venezuela, mi propio país, en el que actualmente vivo y en el que he padecido todos estos «problemas» de índole digital que les he comentado? ¡Ah, claro!, Ramonet nada dice de Venezuela, donde verdaderas acciones de control digital son ejercidas por el gobierno sobre los ciudadanos, no por empresa alguna, sino por el gobierno en sí (Bueno, confieso que soy inexacto, pues sí es una empresa la que lleva a cabo estas acciones; me refiero a CANTV, la estatal de comunicaciones y a través de cuyos servidores pasa la enorme mayoría de la información digital del país, y las demás empresas operativas, como Movistar o Digitel, ven limitada su participación en el mercado; incluso, el gobierno nacional desde 2010 ha intentado, sin éxito, aprobar una ley para crear un «punto único de acceso a Internet», como se puede ver aquí).

 
 Allí está, dando cátedra a los tercermundistas que están construyendo un mundo mejor, más justo, más... En fin



    No dice nada Ramonet de las comunicaciones privadas reveladas libremente por funcionarios del gobierno que pretenden poner en evidencia a políticos y periodistas contrarios, ni habla sobre los famosos twitteros presos, algunas personas, casi todos ciudadanos comunes que poco o nada tienen que ver con la política, cuyos mensajes públicos en Twitter el gobierno consideró demasiado subversivos y que fueron presos ―algunos aún lo están― por emitir opinión en el famoso foro público digital. Siempre recuerdo una vez que la periodista venezolana Patria Poleo (quien tal vez no sea el mejor ejemplo de periodismo profesional, lo sé, pero una cosa es eso y otra cosa es justificar todo lo que le ocurrió mientras vivió en Venezuela, desde infinidad de llamadas telefónicas retransmitidas en VTV, la televisora nacional, correos electrónicos que se hacían públicos, entre otros) dijo en una entrevista que llegó un punto en el que vivía obsesionada con su teléfono celular, que todo el tiempo le sacaba la batería para asegurarse de que el gobierno no estuviera grabando lo que decía en su vida diaria, que sabía que los expertos decían que eso no era posible y solo se podían «pinchar» las llamadas o interceptar los mensajes, pero que estaba tan fuera de sus cabales que igual lo hacía como un acto reflejo. ¿No es eso una locura por lo evidentemente descarado del espionaje gubernamental, no obstante la periodista en cuestión fuera, como en efecto todavía lo es, una mujer loca que solo quería crear escándalo por el placer de crearlo? Las vías legales para accionar contra ella existían, pero no se recurrió a ellas. Volviendo a Ramonet, me pregunto, siendo estos casos tan obvios, ¿por qué nunca ha dicho nada al respecto? No queremos creer que eso ocurre simplemente porque Ramonet siempre ha tenido relaciones más que estrechas con el gobierno de Venezuela y otros presidentes de esas mismas faunas de izquierdas, porque ¿quién puede creer que un comunicador como Ignacio Ramonet, internacionalmente reconocido, puede vender su integridad profesional tan fácilmente?
     Ironías aparte, y ya para terminar, estos seudointelectuales socialistoides ―no digo que no haya intelectuales socialistas, que los hay, pero Ramonet no es de esos― no son más que unos rancios y enmohecidos comunistas venidos a menos, así como se vino a menos el muro de Berlín por lo rancio y enmohecido que es el comunismo en sus propios conceptos, cuyas perolatas siguen teniendo una muy tonta audiencia cautiva, imagino que de niños milénicos ―y no crean que es odio generacional lo que digo, yo también soy milénico por mi fecha de nacimiento, así que no se preocupen― a quienes emociona escuchar todo ese discurso apasionado proveniente de tiempos menos pragmáticos y más románticos, ya saben, provenientes del pasado, razón por la cual los jóvenes en Estados Unidos gritan como fanáticas enamoradas por el «Sanders Rock Star» o los españoles por Pablo Iglesias, en tanto suspiran imaginándose su larga y desde hace mucho tiempo no lavada cabellera libre al viento. Por supuesto, a nosotros en Venezuela ya no nos entusiasma mucho el discursito porque… bueno, cualquiera que está fuera de Venezuela solo tiene que ver un noticiero y verá por qué. En fin, el cinismo de Ramonet y otros de su especie radica en que para ellos está muy mal espiar a los ciudadanos para saber si son terroristas o para venderles publicidad, pero está muy bien espiarlos para saber si son de la derecha y, si de paso podemos apresarlos, humillarlos públicamente y, mejor, expulsarlos del país, todo eso es justo, pero ¿para venderles una promoción de dos hamburguesa extragrandes con papas dobles y refresco mediano en Burger King? ¡Eso hace que se sientan ultrajados! En fin…

domingo, 24 de agosto de 2014

Perrea, Mozart, Perrea

Después de lo dicho por el tal Daddy Yankee (hasta su nombre “¿artístico?” es un bodrio) sobre la música clásica en respuesta José Antonio Molina, la verdad es que muy poco me había interesado el asunto, no sorprendiéndome mucho en aquel momento que el susodicho personaje pudiese decir semejante tontería.

 


Lo que realmente me ha sorprendido ha sido la reciente aparición de algunos reportajes de prensa que “reivindican” a Daddy Yankee y lo presentan como una víctima de la tergiversación mediática (para ver estos reportajes “reivindicativos”, pueden hacer clic  aquí y aquí). Me pregunté en un inicio ¿Qué tanto se pueden tergiversar unas declaraciones para hacerlas parecer tan estúpidas? En lo que a mí respecta, poco podían hacer los medios para hacer parecer tan ridículas sus palabras, porque o estarían mintiendo descaradamente o tendrían que haber hecho un esfuerzo extraordinario en sacarlas de contexto.

Por supuesto, me dirigí a la fuente original de la información para verificar por mí mismo la perversidad de los medios de comunicación internacional en su afán de destruir a otra pobre víctima del sistema. ¡Qué decepción! Mejor habría quedado Daddy Yankee sin que nadie intentase defenderlo. Escuchar la cuestión de su propia boca ya no me causó asombro, sino risa y pena.

Aquí dejo un enlace para que puedan escuchar, previamente a mi opinión, lo que este personaje dijo.

 

En base a lo que he leído en la prensa internacional y en páginas a favor y en contra de Daddy Yankee, al final he formado mi propia opinión y a continuación la expongo.

En primer lugar, no veo gran diferencia entre lo que he leído en la prensa y lo que he escuchado en este video. Claro, algunos medios reproducen mejor el contexto y el tono de lo que dijo Daddy Yankee, pero al final de cuentas, en la mayoría o, por lo menos en una buena parte, reproducen con bastante claridad la idea principal, algunos incluso citando textualmente lo dicho por él. El famoso argumento “La prensa me tergiversó”, ya se ha convertido en un lugar común trillado y aburrido para los que meten la pata con esta clase de perolatas sin sentido. Parece que lo hacen confiando en el efecto ya producido en la opinión pública por la propaganda antimediática que desde hace un tiempo se expande como una plaga en nuestro continente y por todo occidente. En efecto, sabemos que los medios no son perfectos, pero es mentira que estos son el origen de todos los males del universo entero como a veces se les quiere hacer ver. Esta idea no hace más que justificar toda clase de atropellos o atrocidades en contra los medios de comunicación cuando en realidad son estos una de las armas más fuertes que tiene una sociedad democrática, precisamente, para mantener la democracia como el sistema de gobierno menos dañino que hasta ahora conoce la sociedad. ¿Qué tiene que ver esto con Daddy Yankee? En realidad mucho, porque desde hace tiempo este personaje no ha hecho más que quejarse del trato que le dan los medios de comunicación. Más de una vez he escuchado sobre declaraciones altisonantes que este ha lanzado contra los mismos, haciéndoles ver como males sociales, cuando la verdad es que lo único que hacen los medios es criticar lo que tiene que ser criticado; ese es su papel y para eso existen. El problema que tiene Daddy Yankee con los medios es que estos, en su caso particular, la tienen muy fácil. A veces los medios mienten (conscientemente o por error); pero en su caso no es mucho lo que mienten ¿Qué dicen que su música es mala? Bueno, a “La Gasolina” me remito.

La situación se hace más ridícula aun sabiendo que Daddy Yankee no es más que un personaje que existe gracias a los medios (específicamente gracias a los defectos de los medios, esa parte imperfecta y viciada de la industria mediática) y que de no ser por ellos, no existiría (entiéndase, sobre todo para los que son muy sensibles de piel y quieren defender a como dé lugar a su “ídolo”, no existiría como personaje, no como persona). Solo mediante los medios la mediocridad más absoluta como su “¿música?” tiene posibilidad alguna de progresar ante el público, que la verdadera música necesita menos del apoyo de estos para subsistir; para eso están los escenarios naturales de la misma: los teatros, cafés, casinos, la calle y las casas de la gente; allí se ha dado, se da y se dará por siempre la verdadera música, que luego se las amaña para llegar a los medios en algunos casos afortunados logra hacerse popular. El reaggetón, al contrario, necesita desesperadamente de la radio y la televisión para existir pues, al final de cuentas, es un invento de la radio y la televisión y solo allí tiene cabida.

Me argumentarán algunos que no es así, puesto que el reaggetón es música “urbana” y como tal tiene un origen legítimo, al igual que lo tiene el rap o el soul, y en el caso latinoamericano, la bachata. Sin embargo, creo que no es así en lo absoluto. La llamada música negra estadounidense tiene un origen eminentemente popular y surgió en los escenarios sociales de los sectores pobres de ese país, específicamente en las calles, los bares y las iglesias; es decir, tiene un significado social que se puede escuchar en muchas de sus letras. En el rap de los Estados Unidos, por ejemplo, son comunes las canciones que hablan sobre las duras condiciones de vida de la raza negra en ese país y que critican abiertamente el sistema político; vemos entonces que son canciones que tienen un mensaje más allá del ritmo y el género en sí. Aclaro desde ya que en lo absoluto soy admirador del rap (para mí, es un género incomprensible en muchos aspectos), sin embargo, no puedo negar que en algunos casos transmite experiencias, sentimientos, ideas, razón y deseos humanos, que es al fin de cuentas, el objetivo y ser mismo de la música y de todas las formas del arte. Incluso, en aquellas canciones violentas del rap (género a menudo acusado de las mismas cosas que el reaggetón) existe una notoria tendencia a expresar fuertes sentimientos de odio. No es que eso sea positivo, pero por lo menos esas canciones de Eminen o 50 Cent que denigran de las mujeres y expresan desprecio hacia la sociedad tienen algún contenido originado en las propias experiencias y sentimientos de estos artistas; es un mensaje muy negativo, pero existe un mensaje. Las canciones violentas del reaggetón, en cambio, son tan vacuas que el único mensaje que parece quedar de ellas es que ser malo es “divertido”.

Y para aquellos que argumenten que el reaggetón tiene su origen el reagge jamaiquino y que eso le da legitimidad, les digo que eso puede ser cierto en su origen, pero una cosa es tener una raíz en un género legítimo y otra cosa es convertirse en un cáncer; sino, comparemos la letra y los recursos musicales de cualquier canción popular de reagge jamaiquina con el mejor reaggetón hecho por Daddy Yankee (si es es que el “mejor reaggetón” existe); esos genes se han diluido en la única tergiversación real que se ha dado aquí: la tergiversación de una industria musical apartada de su responsabilidad social. El reagge y el rap pueden ser y considerarse los padres legítimos del reaggetón, pero este se convirtió en ese hijo despreciable que solo existe para denigrar de su origen y dar dolores de cabezas. Es el hijo que jamás debió haber nacido.

En segundo lugar, y dejando de lado la interpretación de los medios, el argumento de Daddy Yankee es un sofisma, puesto que ni siquiera responde de verdad a lo expresado por José Antonio Molina. Este esgrimió sus argumentos contra el reggaetón en base a los mensajes que este transmite a la sociedad y que se han convertido ya en su marca de género (cosificación de las mujeres, excesiva y a veces hasta ridícula exaltación de la masculinidad y la virilidad, glorificación de comportamientos antisociales, presentación del sexo como el fin mismo de la vida y la única fuente posible de placer y dicha, o la estupidez más supina como forma de humor). Daddy Yankee recurre al viejo y falaz argumento de la anécdota: “Bueno, sí, esos son mis mensajes, pero la música clásica le gustaba a Hitler”. La pregunta es: ¿Y eso que tiene que ver? El argumento inicial es contra el mensaje del género, no contra los que gustan del mismo. Si es por eso, todos los géneros son igualmente malvados porque de seguro algún asesino en serie o psicópata escucha rock, pop, indie, reggaetón o música clásica.

La verdad, es que el argumento de Molina es válido en el sentido de que hace una observación sobre algo evidente: los mensajes comunes del reaggetón exaltan todo lo que se supone no se debería exaltar en el mundo moderno. De lo contrario, que alguien me nombre algún reaggetón que diga que las mujeres son iguales a los hombres y merecen ser tratadas con respeto, que el estudio y/o el esfuerzo laboral en la vida es importante para el progreso personal y son los únicos métodos éticos y aceptables para lograr cualquier clase de ascenso social, que el sexo se debe practicar de forma responsable, que los homosexules merecen tener derechos civiles reconocidos, que ser delincuente no es una forma de salir adelante, etc. Y no me vengan a hablar de algún grupo pequeño o alguna canción patrocinada por una oficina de gobierno, ONG o grupo religioso que solo usó el reaggetón como medio para llegar a los jóvenes y llevarles un mensaje positivo. Estoy hablando de uno de esos grandes personajes de este género, que sea Daddy Yankee u otro que esté a su mismo nivel en cuanto a ventas y popularidad masiva.

La verdad es que el reaggetón sigue reproduciendo los males propios de una sociedad atascada en el pasado, lavándole la cara a viejos prejuicios de origen patriarcal, religioso, sectario y étnico y haciéndoles parecer modernos; debajo de esas camisas extragrandes, gorras, cortes de cabello “a la moda”, objetos relucientes y demás, Daddy Yankee es una señora mantuana del siglo XVIII que piensa de forma sexista, racista y clasista y por más que se esfuerce en hacer ver que sus mensajes no son tan influyentes, todos sabemos que cuando se es joven lo que diga o deje de decir alguna celebridad famosa puede llegar a ser muy influyente en algunos chicos y chicas (a veces más que lo que puedan decir padres y maestros) y por eso es perfectamente válido hacerles exigencias a dichas celebridades. Si la sociedad les da dinero a manos llenas, fama y popularidad, que ellos, por lo menos, tengan una pizca de responsabilidad con los mensajes que transmiten; si no es así, que luego no se quejen de ser el centro de todas las burlas y señalamientos.

Finalmente, y como un punto que no quería dejar pasar por alto, me ha parecido igual de ridícula o hasta peor que lo dicho por Daddy Yankee, la respuesta de la entrevistadora (a quien desconozco por completo) quien, después de escuchar semejante tontería dicha por el intérprete (me reservo aquí el uso de las palabras artista, cantante, compositor o músico, que creo la merecen otros y no él) lo aúpa en su audaz sandez con esa frase que me hizo caer en un trance de carcajeo triste y cínico: “!Qué profundo!”


Lo mismo digo yo. ¡Qué profundo (es el hueco en el que está nuestro continente)!