miércoles, 26 de junio de 2019

Sangre

Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay 

Alejandra no sabía cómo presentarse ante Eugenia, su madre, para decirle lo que había pasado. Se había estado debatiendo si era realmente necesario decírselo, pues sabía perfectamente que esta noticia afectaría terriblemente a Eugenia, pero al final había concluido que sí. Sí debía decírselo.

—Mamá —dijo—, tengo… tengo algo que decirte. Es algo muy importante.

—Dime, Ale —le respondió Eugenia—. Te ves preocupada. ¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme?

—Rómulo… —Alejandra, tan pronto intentó hablar, sintió que la voz se le atragantó con una piedra firmemente atascada en su garganta y se le hacía casi imposible retirarla. Tuvo que tomar un poco de aire, una vez, dos veces, tres… hasta que sintió que la piedra rodó por su garganta y liberó su voz, que continuó al fin con la difícil confesión—: Rómulo… ¡Rómulo me violó, mamá! ¡Me violó!

Eugenia era una mujer de ojos opacos, carentes de viveza y fuerza, como si no hubiera sustancia vital dentro de ella. Su apariencia era de una memez tal que no era de extrañar que algunos la consideraran llanamente tarada, y que no pocos hasta llegaran a intuir que debía padecer los devastadores efectos de alguna tara genética no advertida durante la infancia. Justo por eso, a cualquiera que la conociera le hubiera parecido extraño cómo la mirada normalmente vacua de aquella sandia sin trascendencia, se transformó en una hoguera encendida en estupor y rabia. Un destello psicopático aderezó aún más aquella fijación enferma que sorprendió a Alejandra al punto de que en sus propios ojos brilló el miedo.

—No sabes lo que dices, Alejandra —respondió al fin Eugenia—. Definitivamente, no sabes lo que dices.

Eugenia dio la vuelta y regresó a sus labores domésticas, a ese barrer constante de aquel piso, a ese sacudir sin fin de aquellos objetos de mal gusto que decoraban aquella casucha que no llegaba a ser de una pobreza desbordada en total miseria, pero que no escapaba del todo de los ordinarios intentos de los de abajo de no parecer tan de abajo.

—Mamá —continuó Alejandra, incrédula ante la indiferencia aparente de su madre—, ¿es que no te das cuenta de la gravedad de lo que he dicho? —Eugenia, sin embargo, continuó ignorando a su hija, ocupándose de lavar los platos siempre sucios en el fregadero y de desinfectar los baños—. Mamá, escúchame. Te estoy diciendo algo muy grave —Y Eugenia quería botar la basura y cocinar el almuerzo, cambiarle los pañales al bebé e ir a comprar los víveres a la tienducha de la esquina, aplicar desmanchador a la tapicería de los muebles y preparar el café—. ¡Mamá! ¡Rómulo me ha violado!

—No sabes lo que dices, hija. Estoy segura de eso —Al fin se detuvo un momento Eugenia para responder a Alejandra—. Si supieras lo que dices, entonces no lo dirías. Mejor no repitas lo que has dicho y hagamos como que esto nunca pasó. ¿Sí? Sé una niña buena y hazme caso.
Por las mejillas de Alejandra rodaron las lágrimas, físicamente salobres por su constitución química, pero amargas en su significación simbólica. Era una hija cuya madre prefería ignorarla a consolarla en el momento más duro de su corta existencia. Pronto, las lágrimas también se hicieron calientes, porque se llenaron de enfado.

—¡Mamá! —gritó—, ¿qué es lo que te pasa? ¿Acaso no me quieres escuchar? No me puedes ignorar, aunque lo intentes. Rómulo, tu esposo…, él… ¡él me violó!, ¡a mí, tu hija!

Los ojos de Eugenia eran dos huecos de vacía negrura sideral que penetraba hasta el corazón de su nadería, que era precisamente su corazón. Desleída, se le vio negada a la realidad del mundo. No estaba aquí, no estaba allá, no en el universo ni en la Tierra. No estaba en el espacio ni en el tiempo. Solo había una explicación para aquello: Eugenia estaba en el desolado y lejano lugar de su psicopatía.

—Te he dicho, hija —continuó Eugenia, demasiado tranquila, mucho más de lo que una madre en su situación debía verse—, que no sabes lo que dices, así que mejor no sigas; no repitas esa tontería. No más sandeces. Sé niña buena —Su voz bajaba un bemol con cada sílaba, y cada sílaba se arrastraba más sobre sí misma—. Sé buena y ya no hables más.

—¡Mamá!...

Para una niña de quince años, como Alejandra, el fracaso era un concepto no del todo entendible. Los niños de esa edad no tienen nociones claras sobre las amarguras de la existencia de las que adquirimos conciencia tan pronto nos hacemos adultos y añoramos nostálgicos la conciencia precaria de la infancia y la adolescencia. Sin embargo, Alejandra dejó de ser una niña en ese justo y sonoro instante, que tronó en su rostro enrojecido con el impacto del bofetón que le propinó su madre y que tronó también en su interior ante el derrumbe de su infantil sensación de seguridad. Giró su cabeza por el envión del golpe, que sintió en su cuello, tuvo que retomar rápidamente su equilibro antes de caer y llevó su mano a su mejilla. Luego, retornó su mirada a su madre. Para ese momento, Alejandra ya era una mujer adulta, porque había fracasado en el momento más amargo de su vida, justo lo que es la realidad para todos los adultos. No era capaz de entender nada, cuando hacía tan solo unos instantes creía que todo en el mundo estaba perfectamente claro. Confesaría su desgracia a su madre, Rómulo pagaría por su pecado y ella volvería a estar segura. No sería así.

—¡¿Mamá?! —Su voz era queda y dolorosa—. ¿Qué…? ¿Cómo es esto posible? ¿Qué haces?

—¡Calla! —explotó, iracunda, Eugenia—. Tú, maldita, será mejor que calles y dejes esto así. Es tu última oportunidad. ¡Tu última oportunidad!

Volverse de piedra se siente como calcinarse, calentarse al punto de la combustión espontánea, aunque el observador externo contemple a la otra persona tan solo quedarse inmóvil, intransigente en su obstinación de no mover ni un cabello. Así se le vio a Alejandra por un instante, mientras las lágrimas brotaban sin pausa de sus ojos. Sin embargo, aquella inmovilidad duró solo unos instantes. Cuando al fin entendió su fracaso, cuando todas sus esperanzas se rompieron dentro de su cabeza, enrojeció y, al igual que su madre, estalló de ira.

—¡Estás loca! —gritó—. ¿Qué es esto? ¿Cómo me hablas así? ¿Es que acaso…? ¿Es que acaso no me crees?

—Sí, te creo —respondió Eugenia, también llena de ira—. Por supuesto que te creo.

—¿Me crees? —Como añadidura a la ira, la confusión ahora aderezaba la voz de Alejandra—. Si me crees, ¿qué pasa entonces? ¿Por qué me tratas así?

—Te trato así porque es mejor que obviemos esto que has dicho y hagamos como que nada ha ocurrido. No. Nada ha ocurrido y tú no me has dicho lo que me has dicho.

—¡Pero sí ha ocurrido! ¿Es que acaso vas a ponerte del lado de él? Es eso, ¿verdad? ¿Te tiene tan encantada que estás dispuesta a defenderlo, incluso en esta situación?

—No —respondió Eugenia con un gesto de profunda rabia psicopática—, no lo defiendo. ¡Para nada lo defiendo! Sé muy bien que Rómulo es culpable y que hizo eso que dices. ¡Maldito! Pero… —Momentáneamente, Eugenia entristeció, pero muy pronto regresó a su enferma expresión llena de ira—, pero lo amo, Alejandra, y no estoy dispuesta a alejarme de él, y mucho menos a dejarlo. Él es mi macho, y ha sido el mejor macho que he tenido en toda mi vida, así que no hay forma de que esto nos afecte.

—Entonces lo prefieres a él. Lo prefieres a él en vez de a mí, ¡tu propia hija!

—«Tu propia hija» —dijo Eugenia en una burla sin piedad—. ¡Bah! «Tu propia hija, tu propia hija». Lo dices como si fuera eso gran cosa y como si lo merecieras todo en este mundo por eso de ser mi hija. Que seas mi hija no te da réditos de ninguna clase. ¡De ninguna! Aunque, pensándolo bien, sí que te ha dado —cambió Eugenia su expresión y se hizo impenetrablemente malévola—, porque allí sigues y apenas te he dado un bofetón, cuando te merecerías mucho más que eso, por puta.

—¡¿Cómo puedes hablarme así?! —Alejandra se acercó a su madre y la tomó por uno de sus brazos en un gesto casi violento—. ¿Cómo me dices esto, cuando lo que me ha hecho Rómulo ha sido tan grave? ¿Es que no eres capaz de escucharte a ti misma y de comprender las locuras que dices? ¿De verdad estás dispuesta a perdonar a Rómulo, mi violador?

—¡Oh, no! —Eugenia, en un hábil movimiento, logró zafarse del agarre de su hija. En sus ojos, llenos de la enferma sustancia de la locura, había algo de brillo y divertimiento—. Por supuesto que no, Alejandra. De ninguna manera voy a perdonar a Rómulo. Me las va a pagar por ceder ante las insinuaciones de una inmunda puta barata como tú. Ya veré la manera de castigarlo por sus culpas. Pero con todo y eso, sus culpas no te eximen a ti de las tuyas.

—¿Cómo? ¿Insinúas que yo tengo la culpa de lo que él me hizo?

—No la culpa, pero no me vengas con que no tienes ninguna culpa en esto. Déjate la pose de santa conmigo. Yo te conozco muy bien y sé cómo son las de tu clase.

La mayoría de los actos que nos enorgullecen, que nos liberan y que luego se convierten en enormes fuentes de arrepentimiento son acciones que en un momento dado entendemos como completamente inconscientes. Nuestro cuerpo actúa autónomamente de la razón y de la intención, como si de repente el cerebro perdiera toda capacidad de dominarlo. Sin duda, dentro de cada uno de nosotros hay otro ser, impulsivo y carente de razón, que permanece agazapado y vive sometido por las sogas de la consciencia, pero que no pierde la oportunidad de sorprender a su esclavizador con algún repentino arranque. Justo eso pasó con Alejandra, que se sintió reivindicada al sentir en su mano el ardor producto de su choque contra la mejilla de su madre. No solo le había devuelto el bofetón, sino que el suyo había sido mucho más fuerte, más sonoro, más hostil y más iracundo.

—Justo esto quería, cerda maldita —dijo Eugenia con una voz ahogada por la rabia y el odio—. Necesitaba que me dieras tan solo una excusa, una sola, para darte tu merecido, puta de papo aguado, que te chorreas cuando vez a los machos de otras. Tú no te vas a quedar con él, zorra. Rómulo es mío y al único al que él va partir es a mí.

—¡Aquí la única zorra eres tú! ¿Crees que te voy a permitir que me insultes por el roñoso de Rómulo? ¡Sigue gozándote a ese mamarracho, que es obvio que tú eres igual o peor que él! ¡Me avergüenza ser tu hija! Preferiría que mi madre fuera una puta, pero una de verdad, no tú, que te la das de digna y correcta, pero te mojas cada hora desde que te encontraste a ese hazmerreír, al punto de no importarte nada más en la vida que lanzarte a la cama con él. No eres nada más que una mujercita sin gracia que necesita de un hombre para sentirse valiosa. Pero no, no eres valiosa en lo absoluto. Pero no te preocupes, Eugenia, que ya no tendrás que ver por mí de nuevo y podrás dedicarte la vida entera a abrirle las piernas de par en par al nauseabundo de Rómulo para que te coja como el animal desbocado que es. Evidentemente no soy más que un estorbo para ti. No me verás nunca más en tu vida.

Alejandra dio la espalda a su madre, macerando su rostro en sus propias lágrimas, haciéndolo salobre y húmedo, fatigado, cansado, envejecido. Se sintió convertida como en una viejecilla de quince años, que a edad tan corta ha tenido que convertirse en anciana para sobrevivir. Dirigiéndose a la puerta, Alejandra se preguntaba qué sería de su futuro y ante ella se abrieron todas las posibilidades, las buenas y las malas, todas igualmente factibles. Podría terminar de meretriz barata ofreciendo su cuerpo en la más inmunda esquina de la ciudad o terminaría como eminencia médica luego de mucho luchar contra las adversidades; como mujerzuela a la que es válido que sus conciudadanos vean con desprecio en la calle y le escupan la cara o como dama respetable que ve a las putas con desprecio y les escupe la cara por la calle; como pasto de aves de rapiña que la despedazarían y la dejarían en sus huesos una vez su cadáver fuera lanzado por alguno de sus clientes en algún terreno baldío o como señora por la que correrían ríos de lágrimas y lloverían rosas y claveles del cielo a la hora de sus pompas fúnebres. No importaba su destino, el que fuera sería mejor que mantenerse junto a Eugenia, así que Alejandra caminó con determinación hacia la puerta. Esperaba que su mano llegara hasta la manilla, moviera la palanca, accionara el mecanismo de la cerradura que correría el pestillo y liberaría la hoja, que podría al fin batir y eliminaría su obstaculizante límite en el vano de la pared, la luz del sol penetraría al interior de la casa y ella saldría de allí, a la vez que se adentraría en su definitiva soledad en la luz del mundo. Triunfaría o fracasaría, pero cualquier cosa era mejor que ese horrible primer fracaso de su existencia que representaba su propia madre. La muerte en manos de un sádico cliente habría sido ya un triunfo para ella.

Pero no. Eugenia no era de las que se permitiría vencida, mucho menos por una maldita mocosa asquerosa como Alejandra. Su lerditud era solo la máscara que ocultaba su verdadera naturaleza. Alejandra no tendría ni clientes sádicos ni pompas fúnebres, porque no tendría ningún futuro. Eugenia, físicamente superior a su hija adolescente, tomó a Alejandra fuertemente de un brazo y la lanzó contra una pared, donde la controló con fiera firmeza. Alejandra intentó luchar, pero pronto quedó paralizada al sentir una punzada en su riñón. Un dolor agudo y grave a la vez, un dolor orquestal, le quitó toda su voluntad y se supo muerta de inmediato. Sabía que su madre había tomado un cuchillo, probablemente el de carnicero, tan enorme y afilado, que tan bien deshuesaba aves y destrozaba carnes. Alejandra sintió con claridad cómo su riñón vibró en un desesperado intento de rechazar el ataque, pero tan solo lograría con eso su propia muerte. Eugenia también sintió esa extraña vibración a través del mango del cuchillo. Le pareció sorprendente que pudieran sentirse tantas cosas a través de un pedazo de materia certeramente insertado en cuerpo ajeno. Advirtió la resistencia de la piel de Alejandra, que al romperse abrazó la hoja del cuchillo con suavidad, mientras la blanda sustancia de la grasa debajo ofreció una resistencia nula. Luego, otra resistencia mayor la conminó a hacer más fuerza para definitivamente cortar el cuerpo de su hija. Era el diafragma que protegía los tiernos órganos internos de Alejandra. Por fin lo venció, y luego penetró triunfante hasta el riñón que fue atravesado sin falla. Vibró.

La primera puñalada paralizó a Alejandra y la segunda la aturdió. La tercera la desplomó y la cuarta… la cuarta la mató. La quinta fue solo para asegurarse Eugenia de que no viviera. La sexta y la séptima tuvieron un propósito menos útil y fueron un poco más por simple divertimiento psicopático. La octava, la novena y la décima fueron por puro placer. De allí en adelante, no fue más que locura. Una y otra vez, veinte veces.  Y otra y otra vez, treinta puñaladas al fin.

Cuando Eugenia despertó de su letargo, liberada de las fuerzas demoníacas que constantemente la mantenían apresada, entendió que el color rojo que había visto extenderse por todo su campo visual era la sangre derramada de su hija que había cubierto el piso de la casa como una espejada y glutinosa alfombra. Se levantó y vio a la carne de su carne y hueso de sus huesos convertida en cadáver. «Maté a mi propia hija», pensó con mucho menos horror del que debió sentir, y se dio cuenta de eso. No sentir horror tampoco le sirvió para horrorizarse de sí misma.

—Así que la has matado —dijo Rómulo, tranquilo, divertido, aunque sorprendido, brazos cruzados, apoyado sobre la jamba de una puerta. Lo había escuchado todo sin intervenir—. No pensé que tendrías el valor, pero veo que por fin sí lo has tenido. Qué admiración.

—¿Por qué la violaste, maldito? —preguntó iracunda Eugenia al ver a su esposo—. ¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? ¿No recuerdas que habíamos hecho una apuesta? Yo si lo recuerdo. Te apuesto a que te vuelvo tan loca que harás absolutamente lo que sea por mí, recuerdo que te dije, y mírate. Hasta has matado a tu hija. Dime, Eu, ¿qué premio me gané por ganar la apuesta?

—Eres un sádico, ¿sabes?

—¿Yo? Pero si no soy yo el que ha matado a una hija por un macho, querida.

Eugenia corrió hacia Rómulo, dispuesta a reivindicarse como madre y convertirse en un ser que no mereciera el desprecio de la humanidad entera. Ante un juez podría justificarse diciendo que, aunque había, en efecto, matado a su propia hija por celos, también había matado a su esposo y violador de su hija por dignidad. Sería un doble asesinato, pero el segundo compensaría algo del primero. Al menos para ella así sería, aunque para el juez y el jurado no fuera así.

Con todo y su deseo de vindicación interior, su locura la detuvo, porque no, a mi macho no lo puedo herir, a él no lo puedo matar. ¿Cómo lo voy a matar si a él está pegado ese pene que cada vez que se adentra en mí, cada vez que me abre los labios vaginales, causa estragos en mi interior y destroza mi clítoris? ¿Cómo, si me hace sentir un espasmo que recorre mi espalda y me tensa la mandíbula y el cuello? ¿Cómo, si me hace un ovillo abrazada a él, a su musculatura, a su piel, y no quiero más que suplicar que me torture más y más y más, como a él le gusta torturar? Así que Eugenia se detuvo justo antes de herir a Rómulo, y él, tan seguro estaba de sí mismo y de la locura de su querida, que no se movió ni un centímetro para defenderse. Eugenia dejó caer el cuchillo al suelo y se quedó mirándolo, adolorida por la monstruosidad en la que se había convertido.

—Si me has convertido en esto —dijo—, si me has hecho matar a mi propia hija, al menos ven y cógeme. Hazme tu puta una y otra vez, desgárrame por dentro y por fuera, que es lo único que puede compensar todo este horror.

Rómulo sonrió y al fin movió su imponente figura. Se aproximó un poco hacia Eugenia y, sin medir fuerzas, la levantó del suelo y la arrinconó contra un muro. La besó sin misericordia, y Eugenia, feliz, fue floja y sumisa, al mismo tiempo que se llenó de una enorme rabia. Odiaba profundamente a ese hombre, tanto como se odiaba a sí misma.

—Ahora soy yo la que hará una apuesta —dijo súbitamente, apartándose un poco de Rómulo.

—¿Y qué será, vamos a ver? —respondió él, en extremo divertido.

—Voy a volverte tan loco por mí que también haré que mates a uno de tus hijos. Te juro que lo haré. Te lo juro.

Rómulo se carcajeó extasiado de placer y de divertimiento.

—Apuesto que sí —dijo—. De seguro que lo lograrás y ganarás esta apuesta.

—Ganaré, te lo juro.

—Sí, ganarás. Ya lo sé. Iré pensando a cual de mis hijos mataré. Por ti… por ti lo que sea.

Eugenia sonrió y se sintió más feliz que nunca. Aquel hombre era todo lo que deseaba en su vida y por él… por él lo que sea. Volvió a besarlo y este beso fue más placentero que nunca porque sabía a sangre. En efecto, era la sangre de Alejandra con la que antes se había embadurnado y que ahora también cubría el cuerpo de Rómulo. Se besaron y bebieron sangre. Sangre, sangre, sangre. Esa sangre que tenía el cincuenta por ciento del código genético de Eugenia. Sangre de su sangre.

martes, 25 de junio de 2019

Al refugiado*

Imagen de amykins en Pixabay 

*Esta carta la escribí para el Concurso Cartas de Amor, en su versión del año 2017. Por supuesto, este texto que ignoró completamente la temática del concurso (el amor en cualquiera de sus formas), no figuró de ninguna manera en dicho certamen, pero a pesar de saber que justo ese sería el destino de esta pequeña obra, decidí enviarla porque para eso la escribí. Hoy le tengo especial cariño a esta carta, porque me ayudó a descubrir que no me sale eso de escribir sobre el amor, con amor o para exaltar el amor; por eso aclaro que lo que dice al principio es verídico: la empecé a escribir decenas de veces, tratando de enfocarme en el amor… y esto fue lo que salió. ¿Será que esta es mi interpretación del amor? En cualquier caso, me pareció propicio por su ironía y crueldad iniciar este blog literario con una carta escrita con sorna y cinismo a la figura del refugiado (inspirada por la crisis de los refugiados sirios de 2017, el tema más importante de ese año en particular según mi opinión) desde la perspectiva de un (en ese entonces) no refugiado, cuando hoy día yo mismo soy un refugiado. Ironía y crueldad: eso es el amor para mí, aparentemente.



Estimado refugiado:

Ya perdí la cuenta de las veces que he intentado escribirte esta carta. Han sido muchas, porque cada vez que te escribo, algo de lo escrito se me hace inadecuado. Un tono solemne que describe tu tragedia parece un recurso dramático demodé en estos tiempos de literatura instantánea y fácil, además de que parecería ridículo que quien no es refugiado describiera tu odisea. Por eso intenté luego recurrir a comentarios entre chistosos e impertinentes para aligerar el tema, pero invariablemente me abofeteaba algo parecido a la vergüenza, pues me vi como el privilegiado que, desde la comodidad de su computadora, busca risas en el fondo sardónicas que se disfrazan de humor negro.

Al final, te escribo con la misma actitud que tiene todo el mundo ante ti, esa actitud muy posmo de quien mira un asunto entre perplejo, desinteresado y distante, todo con el propósito último de expresar alguna aleccionadora máxima metaconceptual ―ya sabes que usar palabras rimbombantes y en el fondo vacuas como metaconceptual es muy posmo―, aglutina felicitaciones generales en forma de «me gusta» o retuiteos, y luego descarta rápidamente el asunto, saltando hacia otra cosa también muy importante y empapada de una carga moral que le urge a exponer reflexiones frívolas para deleite de sus seguidores.

Es éticamente inaceptable, pero en tiempos de verdades alternativas, escribir una carta utilizándote de excusa con el fin de figurar en un concurso de literatura epistolar parece un recurso destinado al éxito, ya que esta carta no es más que una referencia a la vacía actitud de quien solo te conoce a través de los medios, pero pretende ser en realidad un comentario sobre la inteligencia liviana y fútil de nuestra época, y recurriendo al uso de la palabra refugiado con fines poco claros no hace más que acusar al lector, que seguramente es un posmo, como centro y periferia de su propia culpa, y por eso esta carta es una maravillosa creación posmo en sí misma, porque es una referencia dentro de una referencia que luego refiere a otra cosa distinta, pero que tiene impacto porque refiere a todo sin referir claramente a nada. Hueca de contenido, es tremendamente efectiva por su forma y su lenguaje más que por su mensaje, como una muy resumida y más panfletaria versión de El origen, esa sobrevalorada película que no significa nada, pero que hace que discurra un palabrerío sin final porque está «abierta a interpretaciones», algo que a los posmos nos encanta.

Me pregunto, sin embargo, que tan abierta a interpretaciones puede estar una situación como la tuya y qué tan posmo puede ser el mundo ante tu lánguida imagen compartida miles de veces en las redes. El Mediterráneo se traga persona tras persona y el posmo solo ve morir árabes que poco importan porque son, precisamente, árabes. Sin embargo, cuando aparece una foto impactante, todos estamos prestos a usarla para hacer notar que somos sensibles y civilizados, y además, que estamos muy «involucrados».

Te preguntarás hasta qué límites puede llegar tanto cinismo. Yo me pregunto lo mismo. Tal vez llegue hasta a nombrar a Aylan Kurdi como descarado recurso final para causar indignación y asombro en el jurado, todo con el mezquino fin de figurar, aun a sus expensas y a las tuyas, que si no existieran no tendría esta carta tanto efecto. ¡Cuánto cinismo autorreferencial!

Para finalizar, te agradezco por ser tan buena excusa para escribir esta carta. Como verás, tu sufrimiento no ha sido totalmente en vano.


Suerte en tu viaje.

Redirección

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Libros para la vida
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Desde hace mucho tiempo no escribía nada en este espacio. Las cosas de la vida se interpusieron, pero lo que más se interpuso fue esa disposición interior a no seguir dándole vida, porque tiempo, lo que es tiempo, siempre hay, pero a veces no hay voluntad. La cuestión es que desde la última vez que escribí, mi vida ha tenido varios cambios importantes, pero hay un cambio que está por encima de todos, el cambio de cambios, y el que ha provocado que todos los demás cambios sean irrelevantes: he cambiado de país, lo que implica un cambio de todo lo demás. Ya mis amistades y yo nos hemos distanciado, mis recuerdos chocan con las novedades que encuentro en este nuevo lugar, mis costumbres deben ser olvidadas a favor de las costumbres de los lugareños para no correr el riesgo de que me sigan mirando como un desadaptado (etapa por la que pasan todos los migrantes, creo). Ya que he cambiado de todo, ¿por qué no cambiar de concepción vital también? Si ya estoy pasando por este desarraigo, ¿por qué no arrancar las raíces restantes? Este momento complicado de mi vida me ha hecho concluir que estoy en el instante propicio para intentar entrar en el mundo de la literatura, de publicar mis escritos, esos que tengo guardados en la nube y en los archivos de mi computadora desde hace años y que creyeron que nunca veían la luz de los ojos ajenos recorriéndolos, y por eso me veo en el momento de recibir críticas de mis lectores, porque ¿qué mejor momento para exponerse al mundo que cuando se está más vulnerable y la vida se ha vuelto inestable? Pues bien, aquí estoy, en una situación que no podría decir que es buena, pero reencontrándome como este espacio que promete que mi vida será peor porque me expondrá a los dardos de la gente, que es justo lo que necesito: más amarguras.
Este blog será desarrollado en paralelo con otro de igual naturaleza en WordPress, al que pueden acceder aquí.
Espero que estas nuevas letras que escribiré de ahora en adelante en este espacio sean de su agrado. ¡Disfruten!

miércoles, 26 de julio de 2017

El curioso caso de la universidad que se creyó avestruz


Struthio camelus es el nombre científico del avestruz, el ave más grande y pesada del mundo, que puede llegar hasta los tres metros de estatura y a los 180 kilogramos de peso. Ese es un dato verídico que tal vez muchos conozcan. Otro dato muy extendido sobre el avestruz es su irrefrenable impulso de esconder la cabeza bajo tierra al enfrentar algún peligro. Este no es más que un mito falso e injustificado, pero a pesar de eso, son muchos quienes genuinamente creen tal especie.


     Sin embargo, para cualquier persona medianamente pensante, sería sospechosa la idea de que un ser vivo, cualquiera que este sea, pudiera recurrir a semejante estrategia defensiva. Esconder la cabeza bajo tierra ante un depredador o ante la competencia sería una conducta absurda que, sin duda, ya habría llevado al avestruz directo a la extensión y hoy en día cualquier otra ave detentaría su sitial de honor entre los datos de la cultura general. 

     La realidad es que los avestruces recurren a las técnicas defensivas más comunes en la naturaleza, que son las más comunes por ser las más lógicas, precisamente: esconderse (bajar la cabeza a ras de suelo y mimetizarse con el monte no es lo mismo que soterrar la cabeza), huir (son de las mejores corredoras de la naturaleza) o atacar (las mismas piernas que le dan gran velocidad, son capaces de propinar fortísimos golpes que pueden ser mortales). En ningún caso, sin embargo, el avestruz recurre a ese ensimismamiento de enterrar la cabeza, como si aislarle del exterior hiciere mágicamente desaparecer los peligros. En efecto, exponer el cuerpo mientras se oculta solo la sien haría del avestruz de las presas más fáciles de la naturaleza, pues cualquier depredador podría acercarse a ella y atacarla con extrema facilidad, que en su negacionismo absurdo, el avestruz ni siquiera se daría cuenta de la asechanza del peligro. Seguramente, muchas especies sí han existido con estrategias así de absurdas a lo largo de la larguísima y caótica historia de la vida sobre la Tierra, pero precisamente por recurrir a tan incoherentes métodos de supervivencia, hoy en día ya no pululan por los confines del mundo los animales que ante un león cierren los ojos, o antes los gritos de un águila se tapen los oídos para no escuchar sus amenazas.

     Extrañamente, estos absurdos métodos sí que se ven entre los seres humanos. Todos hemos visto a más de uno por allí que, antes sus problemas, no hace más que girar la cabeza hacia otro lado, actuando como si sus problemas no existieran, negándolos antes terceros que los señalen o sonriendo ilusamente ante los descalabros, seguros de que todo saldrá bien, no porque estén haciendo algo para que todo salga bien, sino porque todo saldrá bien… y listo.

     Nos parecen penosas y ridículas esas personas y no podemos hacer más que contemplarlas con lástima, pues siempre las vemos hundirse cada vez más profundamente en el pantano de negaciones que consumen su vida sin remedio. Aun así, la mayoría de las veces es poco lo que terceros podemos hacer para salvarlas de tanta negación, pues cada quien decide asumir la estrategia que crea más conveniente ante los retos. La situación se vuelve más peliaguda, sin embargo, cuando se trata de instituciones las que asumen esa indefendible postura. Cuando esta institución es una universidad, todas las alarmas tienen que saltar, pues estas se suponen depositarias de ciertos valores y principios que guiarán a los ciudadanos hacia senderos inequívocamente certeros, coherentes y lógicos, y cuando sus actuaciones son inciertas, incoherentes e irracionales, quien confía en los saberes de las artes, las ciencias, las técnicas y la disciplina como norte, no puede sino sentirse defraudado, desorientado, perdido en medio de la confusión y completamente desprotegido ante los peligros de un mundo que tienden hacia el desorden más absoluto.

     Desde hace casi veinte años (y hasta más), Venezuela sufre un proceso de declive general definitivo, que de distintas formas ha desencadenado en la actual situación, agudizada luego de más de cien días en los que el país atraviesa un doloroso y difícil trance, y en medio de esta coyuntura el gobierno se inventó una Asamblea Nacional Constituyente que se pretende convertir en una especie de coco, ese fabuloso ser comeniños que amenaza a los pequeños rebeldes que se niegan obedecer la orden de su padres para que se duerman: «porque viene el coco y te comerá». La ANC es, entonces, un lamentable y burdo asustaniños que se utiliza con el mismo fin de manipular a los infantes: «duérmanse, mis niños, que viene la ANC y se los comerá». La verdad, la ANC no es más que un elemento bastante burdo y mal montado que poca o nula mella ha hecho en la determinación de quienes protestan en las calles, aunque ha crispado los nervios a muchos de quienes permanecían más o menos indiferentes a la situación, partidarios del gobierno inclusive.

     Todo este enrevesado panorama ha servido para que las instituciones, una vez más, se pongan a prueba en lo más importante: su poder de convocatoria ética y moral. La universidad, como institución, ha estado a la vanguardia y a la altura de la situación, no obstante los reducidos espacios a los que ha sido confinada en la Venezuela de la Revolución Bonita (¡Qué lejos y olvidada ha quedado aquella advocación de la «revolución» chavista! Ya ni sus menguados seguidores parecen ver lo bonito en ella y han hecho desaparecer discretamente aquella ya antigua alocución). A pesar de esa reducción, la universidad (la tradicional, aquella en las que se piensa cuando se nombra tan superior palabra) aparece constantemente en todos los estudios de opinión como una de las instituciones con mayor credibilidad del país y una de sus principales referencias éticas. Esto se demostró con el plebiscito del 16 de julio, organizado y auditado por el conjunto de las principales universidades de Venezuela; es tal su peso y prestigio en el imaginario colectivo que hasta los grupos más radicales e irracionales de la oposición venezolana, que esperaban un resultado absolutamente irrisorio e imposible (se llegó a hablar en algún momento de hasta once millones de votos o más) tuvieron que aceptar la cifra final de aproximadamente siente millones seiscientos mil votos. Algunos llegaron a sugerir que los partidos de la MUD habían decidido anunciar menos votos a los realmente obtenidos para complacer al gobierno de cara a alguna oscura negociación, pero otras voces, muy certeramente, recordaron quién había sido el árbitro. «¿Acaso creen que los rectores de las universidades se iban a prestar para lo que dices?». Ante eso, todo el mundo hizo silencio y terminó por aceptar el número. Tal es la imagen intachable con la que la mayoría ve a la ―verdadera― universidad venezolana.

     Sin embargo, una cosa es la Universidad como concepto institucional y otra muy distinta es la universidad como estructura organizativa individual. En Venezuela, todos lo sabemos, hay muchas universidades nominales, pero en lo absoluto son universidades reales. Mucho me temo que la Universidad Rafael Urdaneta (URU), institución en la que he trabajo desde hace varios años, si ya no es de lleno una universidad puramente nominal, está balanceándose cínica y peligrosamente justo al borde del despreciable abismo en el que nacieron la mayoría de los parapetos seudouniversitarios creados en los últimos años por un gobierno que no encuentra manera de arrastrar a las verdaderas universidades hacia su lado de la historia. 

     Defraudado, desorientado, perdido en medio de la confusión y completamente desprotegido ante los peligros del incoherente mundo que quiere imponer el gobierno, así me sentí ante la intempestiva, arbitraria e inexplicable decisión de la URU de adelantar el período vacacional de mediados de año justo en uno de los momentos más críticos de la historia reciente de Venezuela, cuando un gobierno a todas luces y ya abiertamente dictatorial y criminal amenaza más que nunca con desmontar lo que queda de la muy maltrecha estructura republicana del país.

     Ensimismada en la negación más absoluta, la URU ha demostrado una actitud incoherente con el papel que le corresponde como institución con trascendencia en el imaginario colectivo, particularmente en el occidente del país, en donde hace vida. Desde aquel desgraciado tuit en el que con particular desparpajo y hasta desprecio desmiente que Luis Vera fuera ―para el momento de su muerte― estudiante de esta casa de estudio, la URU mostró una actitud completamente contraria a lo que se espera de una universidad, de las de verdad. En el mencionado tuit, es más que obvio el interés de la URU por desentenderse de la cada vez más crítica situación extramuros, y habiéndose convertido la muerte de Vera en un asunto que produjo conmoción en la ciudad y el país, resultó incómodo, aparentemente, que se le relacionara con una crisis que ya sospechábamos quienes estábamos intramuros, la URU no parecía estar muy dispuesta a aceptar. A partir de allí, la mitad de los estudiantes asistían a clases en un ambiente crecientemente tenso, denso, espeso y tremendamente extraño, como si todos nos hubiéramos perdido en una nave espacial que fue lanzada sin rumbo a una deriva infinita y cada vez más oscura. Esto era así porque la otra mitad de los estudiantes estaba a la puerta de la universidad, recibiendo las arremetidas de las fuerzas de orden público, reclamando sus derechos frente un gobierno cada vez más impresentable e indefendible La URU, sin embargo, intentaba mantener una rutinaria normalidad y eso era, precisamente, la fuente de toda la irrespirable densidad que se sentía en el aire de aquella nave a la deriva. 

     «¿Y cómo van a ser la evaluaciones si no está viniendo casi gente, profe?», «¿Y qué vamos a hacer los que vivimos fuera de la ciudad?», «Me cuesta mucho llegar hasta acá con tantas trancas, profe», «¿Cómo puede haber flexibilización de evaluaciones si no anuncian una reprogramación de la fecha de finalización del semestre, profe? ¿Nos van a pasar a todos sin habernos evaluado o qué? Es la única forma». Uno sonreía ante los muchachos y solo podía responder alguna tontería tipo: «Ya veremos cómo hacemos». La verdad, es que pararme frente a un auditorio de estudiantes a decir tonterías nunca ha sido de mi agrado, aunque seguramente en alguna oportunidad he dicho alguna tontería inadvertida por mí. Eso es muy distinto, sin embargo, a decir tonterías que intentan justificar el absurdo para amainar el lógico descontento de aquellos que asistían a clases, preocupados por el devenir de su situación académica en medio de toda la incertidumbre nacional, mientras la mitad de sus compañeros se batían en el asfalto contra la dictadura.

     Luego de aquello, la gota final que colmó la paciencia de más de uno: la serie de suspensiones a ciertos estudiantes reconocidos como los líderes de la protesta en la universidad. ¿Por qué las suspensiones? Las explicaciones a esto fueron múltiples (explicaciones de pasillo, hay que aclarar, ya que oficialmente jamás se dio una razón pública de aquello, pues los procedimientos disciplinarios, dice la URU, no discutirlos públicamente, así se apliquen en una circunstancia tan extraordinariamente pública como los son las protestas antigubernamentales que actualmente se desarrollan en el país). Que si los estudiantes en cuestión eran agentes de los partidos políticos de oposición dentro de la universidad, como si pertenecer y defender la postura de un partido político fuera un delito; que si exponían a la universidad a cualquier daño ocasionado por la situación caótica de la calle, como si a ellos se les pudiera culpabilizar por la represión y el uso desproporcionado y absurdo de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad del Estado; que si perturbaban la tranquilidad del recinto universitario y entorpecían las actividades  académicas dentro de la universidad, como si la situación general del país y las horas de cola que muchos estudiantes y profesores tenemos que hacer para adquirir alimentos, gasolina o cualquier otro bien, no fueran la verdadera perturbación a la tranquilidad del recinto universitario. Al final, por supuesto, prevaleció entre muchos la idea que parecía la más obvia de todas: la URU se cierra a la realidad, cierra los ojos ante el león, se tapa los oídos ante el grito de las águilas… entierra la cabeza ante la amenaza. Hasta en algunos medios de comunicación prevaleció esta idea. Por supuesto, las mismas justificaciones de siempre: ese medio no tiene prestigio, a esa periodista nadie la conoce y nadie le cree, tergiversan la realidad, inventan, quieren hacer de dominio público cuestiones eminentemente privadas. La verdad es que lo que llegó a los medios no era en absoluto distinto a lo que corría por pasillos de la propia universidad.

     Lógicamente, muchos de los estudiantes voltearon sus cañones hacia un nuevo enemigo, ya no al gobierno nacional, ya no a la deshonrada Guardia Nacional, ya no la policía regional… Ahora el enemigo es la misma URU. La nueva protesta ya no sería en la avenida El Milagro, sino en la mismísima plaza frente al rectorado, y el nombre del presidente sería sustituido por el del rector. Ambos, sin embargo, serían acusados de lo mismo: arbitrariedad, abuso e irrespeto a los derechos fundamentales de las personas. Y suspensión tras suspensión, se evitó la anunciada protesta intramuros con la intempestiva llegada de las «vacaciones».

     Desde que la URU cerrara sus puertas (oficialmente el 06 de julio, en la práctica desde varios días antes), el país ha empeorado ―¡y mucho!―, y ahora las protestas no son como las de ese entonces. Cada vez más expuestas a la respuesta absurdamente violenta por parte de los cuerpos de seguridad, las protestas se han hecho también más masivas, más atrevidas y más incontrolablemente viscerales, tanto que más de un vocero de la MUD ha tenido que llamar la atención ante estos escenarios que tienden a la lucha caótica. La protesta ha evolucionado rápidamente, desplazándose hacia nuevo derroteros mucho más peligrosos e impredecibles, amenazando con convertirse en un monstruo devorador y sanguinario. Diez días después del cierre, el 16 de julio, la protesta se hizo general luego del plebiscito. Hoy es 26 de julio, han pasado veinte días desde el cierre de las puertas de la URU y se cumple el primer día de dos de paro cívico nacional. Hoy hay muchas más muertes que hace veinte días. ¿Cómo estará el país el 06 de agosto, un mes después del cierre de la URU, fecha estimada de la reapertura de puertas? Por cómo van las cosas, es absolutamente imposible predecir qué será de nuestro país para ese entonces, y eso que hablamos de tan solo diez días hacia el futuro. ¿Habrá constituyente? ¿Habrá protesta cívica o guerra civil? ¿Habrá embargo a las propiedades petroleras venezolanas en el extranjero? ¿Habrá presidente o no? ¿Habrá universidades? ¿Habrá un solo paquete de harina disponible para el consumo de treinta millones de habitantes de este país?

     En el caso de una hipotética reapertura, que cada vez parece más deslucida e improbable ante el caos creciente, no habrá cambiado, sin embargo, el trazo amargo que ha dejado la mezquina actuación reciente de la URU. Y si lo hecho antes del cierre vacacional no fuera suficiente, luego de este, ante el plebiscito del 16 de julio, hemos visto como las autoridades de la URU no han participado como garantes regionales en tan histórico evento, pero sí lo han hecho las autoridades de todas las demás casas de estudio verdaderamente trascendentales de la región: LUZ, URBE, UNICA y UJGH. Sabiendo que URU, con sus ya más de 40 años, fue históricamente la segunda universidad en la región en ser una verdadera alternativa a la centenaria LUZ, resulta completamente inexplicable su ausencia en esta comisión, rebasada por otras instituciones con muchísimo menor recorrido histórico. La cabeza se entierra más y más profundo, aparentemente.

     La Universidad Rafael Urdaneta fue fundada en 1973, ya en democracia, y desde su nacimiento no había enfrentado los entuertos, dictaduras y caprichos del poder que mucho antes habían tenido que enfrentar las universidades históricas del país (UCV, ULA, LUZ y UC), pero toda institución, tarde o temprano, debe enfrentarse a los retos que le impone la historia. En esas horas menguadas, las supuestas instituciones deben demostrar que realmente merecen la deferencia que se tiene para con ellas. Metafóricamente, una universidad se gradúa de universidad cuando la historia le otorga ese título, y la historia tiene tan magnánimo gesto con esas instituciones porque estas demuestran ser lo que tienen que ser: depositarias de ciertos valores y principios que guían a los ciudadanos hacia senderos inequívocamente certeros, coherentes y lógicos, y demuestran con ello tener poder de convocatoria ética y moral. En este momento tan difícil que atraviesa la nación, la URU ha evidenciado más que nunca sus propias contradicciones, sus minusvalías se presentan ahora desnudas ante su propia comunidad y su oportunidad de coronarse como una verdadera universidad se desvanece.

     En su negacionismo obstinado, en su ensimismamiento absurdo, en su interés meramente enclaustrante, la URU se denuncia a sí misma como la antítesis de la razón, enemiga, por tanto, de toda ciencia, arte, técnica y disciplina, y por eso, precisamente, la URU declara creer y dar por cierta la absurda estrategia del avestruz mitológico que soterra su cabeza ante el peligro. Las evidencias y la lógica demuestran por qué ese avestruz imaginario sucumbe ante el avestruz real; demuestra que ninguna entidad destinada a la vida puede realmente aislarse de la realidad sin pagar las consecuencias, en este caso, con la propia vida. Y no, no soy dramático ni exagerado. La URU pretende regresar de estas convenientes vacaciones durante el mes de agosto, pero nada puede garantizar que para ese momento quede alguna república en la que una institución como la universidad pueda tener cabida.

     Tan antigua, y luego de haber sido la primera universidad en tener una escuela de Ciencias Políticas en la ciudad de Maracaibo, la URU se muestra hoy día como una colosal pérdida de tiempo, pues obviamente no sabe cómo ser una universidad en los momentos en los que es más importante que las universidades actúen como tal, en vez de comportarse como escuelitas infantiles para cuidar a niños crecidos que aún son sobreprotegidos por sus padres y representantes. Universidades muchísimo más jóvenes, como la Universidad José Gregorio Hernández, fundada apenas en 2003 ―ya en los comienzos del autoritarismo chavista―, han decidido actuar con mucho más tino, de forma más lógica y más acorde a las exigencia que hace la historia para con ellas si de verdad quiere ser reconocida por el imaginario colectivo como una verdadera universidad. Seguramente, esta universidad, que no conozco personalmente, salvo por su novedad, tendrá sus problemas internos, como todas, pero al menos parece ser una avestruz, aún joven, aún débil, pero con la cabeza en alto, mirando de frente al león que la amenaza. A su lado, un avestruz mucho más viejo y fuerte, ha decidido enterrar su cabeza, tratando de imaginarse un mundo sin leones. Es posible que al final, ambas aves terminen muertas al triunfar el león, pero si antes de ello me preguntaran cuál creo que tiene más probabilidades de seguir existiendo el día de mañana, me decantaría por la más pequeña, débil y joven, pero que, obviamente, tiene verdaderas ganas de vivir un futuro para convertirse, al final, en un verdadero avestruz.

domingo, 7 de febrero de 2016

Google lo sabe todo de ti... Pero Ramonet es el que se las sabe todas



He leído el día de hoy el editorial de Le Monde Diplomatique (del cual, para ser justos con los lectores, dejo su enlace aquí), ese extraño periódico-panfleto de izquierdas europeas que sirve únicamente para que el señor Ignacio Ramonet exponga ante sus fieles seguidores, todos ellos bien revolucionarios e izquierdositos, como debe ser un buen ser humano, su visión tan increíblemente sesgada y deshonesta sobre cualquier cosa que signifique algún tipo de avance o progreso para la sociedad y la humanidad. Para él, como para todos los socialistas-comunistas fundamentalistas, todos deberíamos estar sumidos aún en la prehistoria, una época en donde la gente sí que era buena e inocente; ya saben, cuando éramos buenos salvajes.

    Es impresionante el enorme sesgo del editorial en cuestión. En efecto, que empresas como Google, Yahoo! y otras tantas acumulan datos sobre sus usuarios, en parte para mejorar la experiencia y el servicio ―lo cual es muy positivo― y en parte para ofrecer publicidad ―lo cual no tiene por qué ser algo negativo― todo el mundo lo sabe. De hecho, el modelo de negocios de estas empresas es ese, pues sobreviven gracias a la publicidad, sino ¿de qué van a vivir, si no producen bienes materiales de ninguna clase? En fin, que pareciera ahora que la publicidad es la actividad más horrible y degradante del mundo.

Lo que me parece igualmente deshonesto es que Ramonet ignore las veces que Google y otras empresas similares han tenido conflictos, a veces convertidos en batallas legales, con el gobierno de los Estados Unidos, precisamente por temas como este. Un ejemplo de esto es el enlace que puede ser leído aquí y otro caso similar aquí, pero que fue protagonizada por Twitter, que a diferencia de Google y Microsoft, los cuales aceptan a regañadientes los pedidos del gobierno, ha mostrado siempre una actitud abiertamente contraria a esta política de los Estados Unidos. No es que Google sea un paladín de la privacidad ―que para nada lo es―, pero que sea un esclavo arrodillado ante el gobierno y que todos los datos de sus usuarios se los envíe en informes detallados diarios ―es una exageración mía, lo sé; por favor, tómenselo con un poco de humor― por supuesto que no es verdad; y de hecho, ninguna empresa hace eso y todas quieren proteger sus datos, sea simplemente para guardarlos o para sacarles alguna ganancia. No en vano, hemos visto todas las dificultades que ha tenido el gobierno de Estados Unidos para sacar adelante la ley SOPA y PIPA, que a estas alturas, sinceramente, no creo que puedan aprobarse jamás.

     En efecto, hemos sabido de empresas que en más de alguna oportunidad han incurrido en actividades no precisamente legales mediante el uso de datos de sus usuarios, como lo mencionado en el artículo de Ramonet sobre Yahoo! o Vizio, pero precisamente por haber hecho esto en sociedades democráticas y en las cuales siempre habrá grupos preocupados por el tema de la privacidad y que indagan y revelan esos hechos, han terminado descubiertos ―ya saben lo que dicen: «entre el cielo y la tierra todo se sabe»― y han tenido que pagar por sus acciones, ya sea por fallos judiciales, ya sea por falta de credibilidad o directamente por odio en los consumidores. Seguramente, muchas más felonías de este tipo habrán llevado a cabo, pero, al menos, saben que existe cierto límite a sus acciones y no andan como locos por allí, vendiendo y comprando información de correos, cuentas de Facebook, Twitter, Instagram y demás.

     Igualmente, el propio gobierno de los Estados Unidos está sometido a una gran presión, tanto por parte de la opinión pública dentro y fuera del país, como por parte de las propias compañías. En efecto, el proyecto PRISM es enormemente dudoso en cuanto a su funcionamiento, objetivos y demás, pero lo que es seguro es que hoy sabemos lo que es PRISM precisamente porque Estados Unidos es una democracia que cuenta con medios de comunicación ―esos mismos que tanto le gusta a Ramonet criticar a través de… su propio medio de comunicación― cuyo interés principal es servir a la verdad, en menor o en mayor medida. Puede ser cierto que estos medios tienen algún sesgo a favor o en contra de determinadas ideologías, pero eso no significa que mientan o sean agentes de manipulación de pobres masas decerebradas que necesitan que los periódicos y televisoras piensen por ellos. En lo personal, yo sé que no soy de esa clase de decerebrados, ahora, sobre el señor Ramonet, ya que tanto pregona esa idea, no puedo asegurar nada. Yo sé que no soy ese zombie consumementiras de los medios por experiencia propia. No puedo decir nada por las experiencias del señor en cuestión.

    Pero Ramonet no habla de otros países, ¡no!; él habla solo de Estados Unidos y otras potencias occidentales. No habla de esos países en donde la información no es suministrada por Google, Yahoo!, Amazon u otras empresas a los gobiernos, sino que ellos mismos, mediante sus propios servidores, que suelen ser la única o mayoritaria vía de acceso del internet a sus naciones, ya que el suministro de ese servicio se considera asunto de seguridad pública y fuente potencial de peligro para la «soberanía patria», espían sin miramientos a todos sus ciudadanos, países en los que un día, de repente, una etiqueta específica o las fotografías en Twitter son bloqueadas, lo cual implica que ciertos mensajes pasan al dispositivo del usuario, pero otros no lo hacen y solo aparece un mensaje de Twitter que dice «este tweet (o ‘trino’, para quienes preferimos defender la lengua materna) no pudo ser entregado», o en los que súbitamente se ralentiza el servicio a niveles insoportables o directamente de inutilidad total ―casualmente siempre un día de elecciones de vital importancia para el país, ¿qué raro, no?―. ¿Por qué, me pregunto yo, Ramonet no dice nada de esos países? ¡Esperen! Pero ¿de qué países estamos hablando? ¿No nos referimos, por casualidades de esta vida, a países como Venezuela, mi propio país, en el que actualmente vivo y en el que he padecido todos estos «problemas» de índole digital que les he comentado? ¡Ah, claro!, Ramonet nada dice de Venezuela, donde verdaderas acciones de control digital son ejercidas por el gobierno sobre los ciudadanos, no por empresa alguna, sino por el gobierno en sí (Bueno, confieso que soy inexacto, pues sí es una empresa la que lleva a cabo estas acciones; me refiero a CANTV, la estatal de comunicaciones y a través de cuyos servidores pasa la enorme mayoría de la información digital del país, y las demás empresas operativas, como Movistar o Digitel, ven limitada su participación en el mercado; incluso, el gobierno nacional desde 2010 ha intentado, sin éxito, aprobar una ley para crear un «punto único de acceso a Internet», como se puede ver aquí).

 
 Allí está, dando cátedra a los tercermundistas que están construyendo un mundo mejor, más justo, más... En fin



    No dice nada Ramonet de las comunicaciones privadas reveladas libremente por funcionarios del gobierno que pretenden poner en evidencia a políticos y periodistas contrarios, ni habla sobre los famosos twitteros presos, algunas personas, casi todos ciudadanos comunes que poco o nada tienen que ver con la política, cuyos mensajes públicos en Twitter el gobierno consideró demasiado subversivos y que fueron presos ―algunos aún lo están― por emitir opinión en el famoso foro público digital. Siempre recuerdo una vez que la periodista venezolana Patria Poleo (quien tal vez no sea el mejor ejemplo de periodismo profesional, lo sé, pero una cosa es eso y otra cosa es justificar todo lo que le ocurrió mientras vivió en Venezuela, desde infinidad de llamadas telefónicas retransmitidas en VTV, la televisora nacional, correos electrónicos que se hacían públicos, entre otros) dijo en una entrevista que llegó un punto en el que vivía obsesionada con su teléfono celular, que todo el tiempo le sacaba la batería para asegurarse de que el gobierno no estuviera grabando lo que decía en su vida diaria, que sabía que los expertos decían que eso no era posible y solo se podían «pinchar» las llamadas o interceptar los mensajes, pero que estaba tan fuera de sus cabales que igual lo hacía como un acto reflejo. ¿No es eso una locura por lo evidentemente descarado del espionaje gubernamental, no obstante la periodista en cuestión fuera, como en efecto todavía lo es, una mujer loca que solo quería crear escándalo por el placer de crearlo? Las vías legales para accionar contra ella existían, pero no se recurrió a ellas. Volviendo a Ramonet, me pregunto, siendo estos casos tan obvios, ¿por qué nunca ha dicho nada al respecto? No queremos creer que eso ocurre simplemente porque Ramonet siempre ha tenido relaciones más que estrechas con el gobierno de Venezuela y otros presidentes de esas mismas faunas de izquierdas, porque ¿quién puede creer que un comunicador como Ignacio Ramonet, internacionalmente reconocido, puede vender su integridad profesional tan fácilmente?
     Ironías aparte, y ya para terminar, estos seudointelectuales socialistoides ―no digo que no haya intelectuales socialistas, que los hay, pero Ramonet no es de esos― no son más que unos rancios y enmohecidos comunistas venidos a menos, así como se vino a menos el muro de Berlín por lo rancio y enmohecido que es el comunismo en sus propios conceptos, cuyas perolatas siguen teniendo una muy tonta audiencia cautiva, imagino que de niños milénicos ―y no crean que es odio generacional lo que digo, yo también soy milénico por mi fecha de nacimiento, así que no se preocupen― a quienes emociona escuchar todo ese discurso apasionado proveniente de tiempos menos pragmáticos y más románticos, ya saben, provenientes del pasado, razón por la cual los jóvenes en Estados Unidos gritan como fanáticas enamoradas por el «Sanders Rock Star» o los españoles por Pablo Iglesias, en tanto suspiran imaginándose su larga y desde hace mucho tiempo no lavada cabellera libre al viento. Por supuesto, a nosotros en Venezuela ya no nos entusiasma mucho el discursito porque… bueno, cualquiera que está fuera de Venezuela solo tiene que ver un noticiero y verá por qué. En fin, el cinismo de Ramonet y otros de su especie radica en que para ellos está muy mal espiar a los ciudadanos para saber si son terroristas o para venderles publicidad, pero está muy bien espiarlos para saber si son de la derecha y, si de paso podemos apresarlos, humillarlos públicamente y, mejor, expulsarlos del país, todo eso es justo, pero ¿para venderles una promoción de dos hamburguesa extragrandes con papas dobles y refresco mediano en Burger King? ¡Eso hace que se sientan ultrajados! En fin…